¿Conviene que una nación subdesarrollada destine parte de su presupuesto nacional para mantener una burocracia especializada en la diplomacia?, ¿es importante para una nación territorialmente pequeña hacer oír y valer su voz en el ámbito internacional?, ¿puede lograrlo a pesar de su «pequeñez»?

Intentaré responder estas preguntas desde una perspectiva académica para convalidar o no lo que de facto se acepta como una realidad de las burocracias de los Estados pequeños: la necesidad de una diplomacia profesional que los haga resaltar en el mapa.

¿Diplomacia para qué?

Antes de avanzar debo indicar para qué una nación independientemente de su tamaño requiere la diplomacia.

Y para ello, conviene primero delimitar qué es la diplomacia. Y en este aspecto me voy a acoger a la definición clara y sencilla que el Doctor Javier Pérez de Cuéllar, ex Secretario General de las Naciones Unidas y ex Ministro de Relaciones Exteriores de Perú, presenta en su Manual de Derecho Diplomático.

Y nos dice el Doctor Pérez de Cuéllar que «la política exterior es el conjunto de posiciones y acciones que adopta un Estado en su relación con otros Estados o en el seno de organismos internacionales con la finalidad de preservar su seguridad, sus intereses e influencia» (Pérez, 1999).

La diplomacia es la puesta en práctica o la ejecución de la política exterior de un país.

Y necesariamente, está definición no estará completa si no establecemos, pues, qué es la política exterior.

Apliquemos las definiciones brindadas por Pérez de Cuéllar y propongamos, entonces, una aproximación a la diplomacia de los Estados pequeños.

La diplomacia de los Estados pequeños será la puesta en práctica del conjunto de posiciones y acciones que ha adoptado o adopta el Estado en su relación con otros Estados o en el seno de organismos internacionales con la finalidad de preservar su seguridad, sus intereses y su influencia.

Hagamos entonces el ejercicio intelectual de relacionar la definición que aquí y ahora hemos estructurado, con la realidad que observamos en las acciones concretas de diplomacia y política exterior de los países pequeños.

Al hablar de diplomacia de los Estados pequeños, ¿cuál es el conjunto de posiciones y acciones de esos Estados frente a otros Estados?

¿Un lujo o una necesidad?

Llegado a este punto, me atrevo a afirmar que el enfoque tendencioso de asegurar que la diplomacia de los Estados pequeños es un lujo innecesario se reorienta a partir de lo analizado anteriormente a un enfoque de necesidad.

Si coincidimos que es una necesidad, entonces debe atenderse como una política pública integral para beneficio del interés nacional.

De acuerdo con Kishan S. Rana (2011), los pequeños Estados dependen del sistema internacional para superar su vulnerabilidad y su relativa falta de poder.

Y añade que todo dependerá de los objetivos que se proponga el pequeño país para sí mismo y su vocación auto asumida en los asuntos mundiales.

En otras palabras, estamos frente a una relación directamente proporcional: a mayores objetivos nacionales en el ámbito internacional, mejores cuadros diplomáticos.

Por consiguiente una nación con una clara y bien definida vocación en los asuntos mundiales empleará un servicio exterior que sepa comunicar efectivamente esa vocación.

Destaco dos elementos para que la comunidad internacional sepa de la existencia de un Estado pequeño, es menester que este defina claramente en sus objetivos de política exterior su decisión de hacerse notar para superar su vulnerabilidad y su falta de «peso» ya sea por sus limitaciones territoriales o ausencia de poder político, económico o militar.

En tal sentido, a todas luces, lo que no puede hacer un Estado pequeño es autoaislarse cayendo en una suerte de ostracismo internacional pues con ello tan sólo aumenta su vulnerabilidad.

Por lo tanto, retomando a Pérez de Cuéllar (1999), el principal objetivo de la diplomacia y de la formulación de la política exterior de los Estados pequeños debería ser estructurar un conjunto de posiciones y acciones claras que le permitan preservar su seguridad, sus intereses y su influencia.

O al menos no incrementar su vulnerabilidad y anonimato.

En otras palabras, darse a conocer al mundo, que se sepa de su existencia, primordialmente por las razones adecuadas, es el principal objetivo de política exterior de un Estado pequeño.

Otras razones serán banales y accesorias.

Pero, ¿qué es un Estado pequeño?

Lo primero que se nos viene a la cabeza es ensayar una definición a partir de una visión geográfica.

Sin embargo, el criterio territorial por sí sólo no es suficiente. Pues hay una gran cantidad de Estados pequeños territorialmente pero gigantes económicamente (Singapur, San Marino, Luxemburgo, Mónaco, para citar algunos).

En este sentido me decanto por la propuesta de Rana (2011) al identificar cuatro categorías para designar a un Estado pequeño:

  • Población. Según el Banco Mundial, si la población de un país es menos de 1.5 millones (un millón y medio de habitantes) puede considerarse un Estado pequeño. Y en tal sentido al menos 45 países están en esta categoría.
  • Extensión territorial. Fácil de entender cuando hablamos de los pequeños Estados Insulares, más no así de aquellos con considerable extensión territorial, pero con muy poca población, como es el caso de Surinam.
  • Recursos e ingresos. Aún más difícil de conceptualizar pues muchos «paraísos fiscales» tienen poca población y extensión territorial pero sus ingresos económicos les permiten ubicarse codo a codo con las naciones más industrializadas
  • Vulnerabilidad la cual es particular para cada Estado y por consiguiente un concepto con el cual podemos categorizar a un considerable mayor número de Estados.

En resumen, el Estado que tenga una o las cuatro categorías antes expuestas puede designarse como un Estado pequeño y por consiguiente esta definición incluirá una gran variedad de Estados.

Siendo así encontraremos Estados pequeños que dispondrán de los suficientes recursos para mantener una burocracia especializada enfocada en la diplomacia, mientras que otros no le asignarán la suficiente importancia.

Otros estarán enfocados en sus vulnerabilidades y su servicio exterior será efectivo en comunicar tales desventajas y afrontarlas exitosamente en la arena internacional.

El caso de El Salvador

Tres de las cuatro categorías señaladas por Rana son claramente identificables en el caso de El Salvador.

Poca extensión territorial (aunque si tuviésemos una política marítima nos daríamos cuenta de nuestra auténtica extensión territorial), ausencia de recursos naturales e ingresos (dependemos de las remesas) y una alta vulnerabilidad.

La única categoría que nos ubica entre los países «medianos» es la densidad poblacional, lo cual lejos de ser una ventaja comparativa es una amenaza latente y un riesgo permanente.

Pese a ello, El Salvador a lo largo de su historia ha sabido interpretar el valor estratégico de la diplomacia para superar sus vulnerabilidades y carencias de poder en todos los ámbitos: político, económico y militar.

Prueba de ello es que en los anales de la historia diplomática, el nombre de El Salvador figura entre las naciones fundadoras tanto de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como de la Organización de Estados Americanos (OEA).

Así como una estratégica distribución de sus Embajadas en el mundo. Analicemos el siguiente gráfico

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De las quince denominadas capitales diplomáticas del mundo por El Orden Mundial, El Salvador tiene Embajadas residentes en 13 de ellas. Y en algunos casos Embajada residente y Misión Permanente ante organismos internacionales especializados.

Solamente en Yakarta (Indonesia) y El Cairo (Egipto), no tenemos embajada residente pero sí tenemos relaciones diplomáticas con ambos países.

Es decir un 86.6% de representación en los países considerados capitales diplomáticas del mundo.

En Bruselas, París, Viena, Ginebra, Washington DC y Roma además de la Embajada residente en el ámbito bilateral se tienen Misiones Permanentes ante organismos multilaterales.

Es decir que en seis de estas 15 naciones quince naciones la presencia de El Salvador es doble a nivel bilateral y multilateral.

Nada mal para un país pequeño. Veamos y analicemos este otro gráfico.

 

 

 

 

 

 

 

 

De las 16 potencias diplomáticas del mundo, es decir los países con el mayor número de Embajadas o Representaciones Diplomáticas en su territorio, El Salvador está presente en 14 de ellos.

En porcentaje, eso significa que El Salvador tiene presencia en el 87.5% del escenario donde ocurre la acción diplomática.

Esto significa que El Salvador puede interactuar con otros países con los cuales mantiene relaciones diplomáticas pero no necesariamente Embajada residente, haciendo uso de las acciones diplomáticas de su embajada en estas «potencias diplomáticas».

Esto a nivel de estrategia permitiría a El Salvador «reiterar» mensajes transmitidos a nivel de Representantes Permanentes en la ONU, a través de las Embajadas donde coinciden en otros países, abriendo con ellos nuevos canales de comunicación sin que sea visto o interpretado como concurrencia.

Valga indicar que en los planes anuales operativos del Ministerio de Relaciones Exteriores, desde la década de los 90 en el siglo pasado, se ha contemplado la apertura de Embajadas residentes en Sudáfrica y Emiratos Árabes Unidos.

Veamos y analicemos este último gráfico

 

 

 

 

 

 

 

Al analizar los 15 países más ricos del mundo, El Salvador mantiene una Embajada residente en 14 de ellos, esto significa un 93.3% de presencia permanente en los países más desarrollados.

Con el único país que no tiene ningún relacionamento es con Irán y por ende no hay una Embajada residente en dicho país.

Esta presencia residente en estos 14 países más ricos proporciona oportunidades inigualables en el ámbito de la diplomacia comercial: promoción de la oferta turística y de bienes exportables, así como atracción de inversión extranjera directa (IED).

En resumen, tanto en las denominadas capitales diplomáticas del mundo, así como ante las potencias diplomáticas del mundo, El Salvador mantiene representaciones diplomáticas y consulares, lo cual le da una condición inmejorable para desarrollar acciones diplomáticas que contrarresten sus vulnerabilidades y fortalezcan su posicionamiento internacional e influencia.

Lo mismo puede decirse en su relación con los países más ricos.

Por lo tanto el nivel de representación es alto para un Estado pequeño, alcanzado porcentajes de representación de 86.6%, 87.5% y 93.3% respectivamente.

Con ese nivel de representación, El Salvador tiene asegurado que su falta de peso político en la arena internacional por sus vulnerabilidades económicas y territoriales sea compensado por la presencia de sus Embajadas en los principales centros neurálgicos diplomáticos.

Y por lo tanto, es un valioso inventario pues ya tiene una red de comunicación internacional bien establecida para transmitir de primera mano sus objetivos primordiales de política exterior.

Corresponderá posteriormente analizar por qué si se tiene esta red de Embajadas estratégicamente distribuidas en las principales capitales diplomáticas, El Salvador se percibe por la prensa especializada internacional como una nación cada vez más aislada en el ámbito internacional.


Bibliografía

Pérez de Cuéllar, J. (1999). Manual de Derecho Diplomático. Fondo de Cultura Económica.

Rana, K. (2011). 21st Century Diplomacy. A practitioner’s guide. The Continuum International Publishing Group.

*El autor es diplomático de carrera retirado de El Salvador. Profesor hora clase de Relaciones Internacionales en diversas Universidades de El Salvador. Miembro de la Agrupación de Diplomáticos Salvadoreños y de la Red de Expertos en Paradiplomacia e Internacionalización Territorial (REPIT)

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