Es corriente por estos días históricos escuchar y leer que el mundo cambiará después que pase la pandemia. En función de la magnitud de la crisis, de su impacto y de las tremendas secuelas que dejará, seguramente que seremos testigos de esfuerzos de recuperación socioeconómica por parte de los Estados como pocas veces se han visto durante los últimos cien años.

Las casi dos únicas experiencias que tenemos de hundimientos socioeconómicos nacionales con externalidades de escala son las de 1929 y 2008. Los costos de estas crisis mayores fueron enormes, y el tratamiento para salir de ellas fue diferente: mientras en la primera Estados Unidos, donde se originó el derrumbe, adoptó un papel introspectivo, en la segunda el papel de este país fue apreciable en un marco de mayor cooperación entre los países del G-20.

De súbito, y a un costo humano y económico de proporciones mayores, las enfermedades infecto-contagiosas pasaron a ser una curiosa y contundente realidad de la denominada “alta política” entre los Estados. Seguramente lo eran; de hecho, los brotes de diferentes virus fueron casi permanentes desde comienzos de siglo. Pero fue necesaria una manifestación letal global para recordarnos cómo estos fenómenos invisibles pueden poner de rodillas a los Estados más fuertes y seguros. En este sentido, habría que tener presente que las dos amenazas más mortíferas para la humanidad durante el último medio siglo no han sido estratégicas-militares, sino “evanescentes” y hasta cambiantes: el átomo y el virus, Chernobyl antes y el virus ahora, no son retos visibles, pero nos dejan ver, sí, una categórica certidumbre sobre lo que sería un verdadero “fin de la historia”.

La inclusión en las agendas de seguridad nacional del “factor patógeno” será un caso indiscutible. De hecho, lo estaba, como muy bien lo prueba la advertencia sobre el brote de coronavirus hecha por el Pentágono en 2017; pero a partir de ahora la cuestión será un tópico a seguir tan o más importante que los retos que implican las amenazas que suponen los Estados y los actores no estatales.

Asimismo, las “fallas” que se evidenciaron en el sistema de advertencias sanitarias ante la ocurrencia de lo que se denomina en el marco de la OMS una Emergencia de Salud Pública de Preocupación Internacional (PHEIC), faltas atribuibles mayormente a la insuficiente cooperación interestatal, seguramente serán consideradas con el fin de lograr mejorar la información, las capacidades, la coordinación de medidas específicas, etc.

Pero aguardar cambios de escala, es decir, un orden internacional a partir de la experiencia de la pandemia, es algo muy discutible, por no decir casi imposible.

Los momentos de inflexión mayor en las relaciones internacionales se producen tras el final de dos situaciones: una guerra de escala y un régimen entre Estados. Por supuesto que hay hechos que traen cambios en los modos socioeconómicos de los países y del mundo, por caso, la epidemia de mediados del siglo XIV, que asoló principalmente a Europa, fue un hecho que, entre otros, fungió para que el mundo marchara hacia una nueva era. También la epidemia del siglo XVII (“el siglo maldito”, según Geoffrey Parker) fue un factor de cambio, aunque no el factor decisivo de cambio.

Para tomar el período moderno de las relaciones internacionales, los grandes cambios u órdenes emergentes sucedieron tras guerras, por caso, la Guerra de los Treinta Años (a partir de la cual, Paz de Westfalia mediante, no solo se estableció una nueva configuración, sino la misma “matriz” de las modernas relaciones entre Estados); las guerras napoleónicas; la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial. El final de la Guerra Fría, una rivalidad que no implicó una guerra directa entre los dos polos preeminentes, pero que sí fue un régimen internacional, dio paso a un orden de una sola potencia (una “Yalta de uno”, como sostuvo un ex presidente ruso) y a un régimen económico que fue el de la globalización, que no fue creada por Estados Unidos pero que sí se basó en las concepciones económicas que promovía ese país a escala global (la «otra victoria» estadounidense).

Además, dato central, los órdenes internacionales que se crearon se fundaron en la voluntad de los vencedores. Asimismo, en algunos casos dichos órdenes acabaron por incluir a los derrotados, hecho que evitó represalias o el revisionismo geopolítico (como ocurrió con Francia en 1815), mientras que en otros se lateralizó a los vencidos, situación que acabó por desestabilizar el orden (como sucedió con Alemania en 1919).

Va de suyo que el compromiso de los vencedores para con el orden establecido ha sido crucial. Su renunciamiento implicó su derrumbe. Pero es una “regularidad” en la materia que las configuraciones internacionales de nuevo cuño son resultados de una necesidad: volver a “programar” el mundo tras un seísmo mayor que lo sumió en lo que Hobbes denominó el “estado de naturaleza”.

Hoy no estamos en una guerra interestatal, ni nos encontramos finalizando régimen alguno entre Estados. Existe desde hace tiempo un estado de crisis y hasta de tensión entre actores de diferente jerarquía, incluso entre los de “jerarquía de posición”, es decir, los centros de poder preeminentes; pero no existe un “desdoblamiento de anarquías”, esto es, una fractura mayor dentro de la anarquía propia de las relaciones entre Estados.

Hoy el mundo sucumbe ante una pandemia que provoca estragos a nivel global y que, salvo excepciones breves, ha infligido a los países poderosos, incluso al más poderoso, daños de escala. La vigorosa “capacidad” de infección del virus podría convertir una catástrofe dentro de la catástrofe si el mismo mutara hacia una forma más agresiva (algo que los expertos consideran un escenario menos posible).

A diferencia de los acontecimientos que hemos citado como habilitantes de nuevas configuraciones, en el mundo posCovid-19 no hay nada semejante a una posguerra como las que conocemos. Podríamos decir que las secuelas de la pandemia son y serán enormes en términos humanos y económicos. Pero no será un mundo de ganadores algunos. Habrá “derrotados” que buscarán restablecerse.

Puede ser que ese restablecimiento adopte una vía de “cooperación entre los vencidos”, repitiendo el “curso-pos2008” y no el “curso-pos1929”, pero no habrá ningún actor, incluso China, un relativo «no vencido», que vaya a proporcionar los “bienes públicos internacionales” en los que se debería fundar un orden mundial. El país asiático seguramente duplicará su asistencia profesional y sanitaria (quizá nuevas vacunas) a los países más afectados, pero es difícil pensar que desplegará un “Plan Marshall” como lo hizo Estados Unidos después de la SGM. Las dificultades que tendrá en materia de demanda global podrían demorar su recuperación y afianzar su empeño en su estrategia de mayor demanda nacional.

En otros centros de poder, Estados Unidos, Europa y Rusia, es posible que se reafirmen y afirmen enfoques político-económicos más introspectivos que globales. No obstante, hay que recordar que la relación comercial entre Estados Unidos y China es, por lejos, la mayor de todos los tiempos entre dos Estados; por tanto, su ruptura sería casi una catástrofe. En este sentido, a modo de hipótesis favorable, los reajustes o correctivos comerciales por parte de Washington, en paralelo con la suspensión de compromisos con organismos internacionales, puede que se vean “facilitados” por Pekín en función de la “carga” de este país en relación con el origen zoonótico del coronavirus. Por el contrario, a modo de hipótesis desfavorable, si se confirman sospechas de Estados Unidos sobre un origen no zoonótico del virus, la relación sufriría un cambio impredecible.

No hay ni habrá ninguna experiencia internacional de orden internacional con base en la voluntad de los “vencidos”. Por el temor a una nueva pandemia, no por la convicción de cooperación, los Estados posiblemente van a cooperar en ese segmento. El enemigo común acerca a los países, aun a los que son rivales: después del 11.S, Estados Unidos, Rusia y China mantuvieron una amplia cooperación en materia de combate contra el terrorismo. Pero en modo alguno ello implicó una nueva configuración.

Antes de la pandemia el mundo se encontraba extraviado, sin orden o régimen. Después de ella, continuará extraviado, no ocurrirán cambios que supongan una nueva configuración. Peor aún, así como el 11-S fungió como un hecho para que Estados Unidos fuera el mismo pero más rápido (como sostuvo Robert Kagan), esto es, que la potencia afirmara su hegemonía, podría ser que la pandemia sea el hecho para que el mundo continúe siendo el mismo pero más aceleradamente, es decir, se adelanten desenlaces de crisis mayores.

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Alberto Hutschenreuter
Argentino. Doctor (summa cum Laude) en Relaciones Internacionales. Profesor en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación (República de Argentina). Autor de numerosos libros donde predominan cuestiones sobre geopolítica y sobre Rusia. Su último texto se titula "Un mundo extraviado. Apreciaciones estratégicas sobre el entorno internacional contemporáneo" (Editorial Almaluz, Buenos Aires, 2019).