La aparición local y vertiginosa expansión mundial del coronavirus (Covid-19) es, sin duda, el principal seísmo en las relaciones internacionales en lo que llevamos de este siglo. Otros impactos de escala, por caso, el 11-S, la crisis del 2008, la guerra en Siria o las mismas situaciones de tensión entre Estados Unidos-China y Occidente-Rusia, quedan por debajo de este contexto que exige los mayores esfuerzos en materia de defensa nacional, una cuestión que compromete a medios militares, fuerzas de seguridad y múltiples segmentos civiles, precisamente, la esencia de aquel capital y olvidado (por no decir casi repudiado) concepto.

Durante los últimos cien años las epidemias han asolado con bastante frecuencia a la humanidad. Si las centurias habrán de ser consideradas en función de la emergencia y letalidad masiva de las enfermedades infecto-contagiosas, una de las “regularidades” del siglo XX junto con las guerras son las pandemias: desde la Gripe Española en 1919 hasta la epidemia del Ébola en 1994-1996, la pérdida de vidas humanas ocasionadas por los virus supera el número de 60 millones, sin considerar las “muertes fijadas” en el tiempo por acción de enfermedades virales como el SIDA. Pero en las dos décadas del siglo XXI, la frecuencia de epidemias aumentó considerablemente en relación con el siglo XX. Casi no hay intervalos desde la “miniepidemia” de la polio en Asia Central y, sobre todo, desde la epidemia del SARS a principios de la centuria.

Durante los últimos cien años las epidemias han asolado con bastante frecuencia a la humanidad como lo fue la gripe española entre 1918-1919. Recuperado de Radio Universidad de Chile

Si bien siempre dichas enfermedades han causado impacto, muerte, temor e incertidumbre, lo que distingue a la actual epidemia mundial, aparte de todo ello, es la tremenda parálisis socio-económica que produjo en todo el mundo. Con frecuencia se habla de “desglobalización”, pero es algo más que ello, un proceso que, dicho sea de paso, venía de antes. El virus, cuya aceleración ha sido notable, produjo una alteración súbita sin precedentes en todas las dimensiones del quehacer humano: desde el desplazamiento y el trabajo ciudadano diario hasta los vuelos internacionales, pasando por diferentes eventos nacionales e internacionales, todo se detuvo, un fenómeno que en el futuro posiblemente será destacado como la primera singularidad del siglo XXI y de la historia.

Dicho seísmo y situación de inmovilización global e “interperie compartida”, como ha dicho un filósofo español, ha impulsado reflexiones sobre el mundo después del virus.

Sin duda que semejante crisis, que obligó a concentrar casi todas las capacidades estatales y no estatales, dejará profundas secuelas en prácticamente todos los órdenes e impulsará cambios en los países, por ejemplo, en relación con los sistemas políticos, los sistemas sanitarios y los mismos métodos de inteligencia, acaso muy “relajados” y habituados a trabajar con cuestiones de naturaleza estratégica pero no con asuntos “a-estratégicos”, es decir, situaciones de riesgo mayor que surgen imprevistamente, no son visibles, no son deliberadas (aunque podrían serlo), se extienden más rápido que la capacidad de movilización de los Estados y son pasibles de no poder ser controladas y provocar catástrofes sociales y económicas casi en cualquier país.

Desde el enfoque de las relaciones internacionales, la crisis actual fue causada por un patógeno y no por un Estado, asumiendo que el virus pasó de un animal a un ser humano, situación que en cierto modo deja al descubierto un vacío en la disciplina, aun en aquellas corrientes de la misma que desde los años setenta realizaron un esfuerzo de ampliación de “issues” y hasta relativizaron la jerarquía entre cuestiones de “alta política” (seguridad, geopolítica, alianzas geoestratégicas) y cuestiones de “baja política” (economía, sociedad, tecnología).

En el caso de la corriente realista, como bien destaca Stephen Walt en una reciente nota publicada en el sitio web de “Foreign Policy”, dicha concepción prácticamente no se ha ocupado de las epidemias. Si bien en su principal obra, “Historia de la guerra del Peloponeso”, Tucídides se refiere a la plaga que asoló a Atenas en el 430 a.C.y que afectó su poder en el largo plazo, la centralidad de las reflexiones del historiador y soldado giran en torno al poder, la desconfianza, el temor, las intenciones, las ambiciones, etc., de los Estados frente a otros Estados (en su análisis, básicamente Esparta y Atenas).

Si bien en su principal obra, “Historia de la guerra del Peloponeso”, Tucídides se refiere a la plaga que asoló a Atenas en el 430 a.C.y que afectó su poder en el largo plazo, la centralidad de las reflexiones del historiador y soldado giran en torno al poder, la desconfianza, el temor, las intenciones, las ambiciones, etc., de los Estados frente a otros Estados (en su análisis, básicamente Esparta y Atenas). Recuperado de flickr

Desde aquel protohistórico punto de partida hasta hoy, los Estados se han afirmado como los principales sujetos de las relaciones internacionales (o más apropiadamente interestatales). Sin duda que muchos fenómenos, como las epidemias o el crimen organizado, “los atraviesan” y debilitan su autoridad, pero nada por ahora va a reemplazar a los Estados. De modo que cualquier suposición relativa con la debilidad o deriva cada vez más virtual de las unidades políticas “cada una de las cuales reclaman el derecho de hacer justicia por sus propias manos y ser el único árbitro de la decisión de luchar o no luchar”, para expresarlo en los términos precisos de Raymond Aron, un autor desafortunadamente ya no leído, está destinada a la irrelevancia.

Y los temas aquellos siguen tan vigentes como entonces, más todavía si no existe un orden o régimen internacional, cuando supuestamente las instituciones intergubernamentales y los principios del derecho internacional gozan de un poco más de espacio “bajo el sol” que proporciona aquel orden pactado y acatado por los Estados preeminentes. Sin orden, todas las cuestiones entre Estados, en lugar de abordarse desde términos tendientes hacia la horizontalidad, es decir, desde más igualdad y cooperación real, son encaradas desde posiciones cada vez más verticales, es decir, desde la jerarquía y las diferencias de capacidades.

El mundo se ha ido extraviando durante las dos últimas décadas, digamos, desde el fin del “régimen de la globalización”, que fue un orden basado en la búsqueda de ganancias centralmente económicas por parte de los Estados de escala, que no idearon la globalización pero que sí la aprovecharon para expandir sus intereses, hasta que los hechos del 11-S llevaron al mundo hacia un estado prácticamente de hegemonía estratégica-militar por parte de Estados Unidos. A partir de la crisis de 2008, el mundo ingresó en un estado de creciente anarquía, reafirmación de los intereses nacionales y rivalidad entre los poderes centrales. En este contexto, el multilateralismo descendió a unos de sus más bajos niveles desde el final de la Guerra Fría.

El mundo se ha ido extraviando durante las dos últimas décadas, hechos como el 11S llevaron al mundo hacia un estado prácticamente de hegemonía estratégica-militar por parte de Estados Unidos. Recuperado de El federal online

Es habitual que en tiempos de apremios refloten las expectativas de cambio en las relaciones internacionales. Se tiende a considerar que los países aprenden de las crisis de escala. Es cierto, pero dicho aprendizaje no se orienta mayormente hacia la cooperación internacional sino hacia dentro: los Estados solo confían en sí mismos, en sus capacidades y en el amparo de su soberanía, sobre todo en tiempos de crisis mayores. Y ello es así aún frente a situaciones que no entrañan cuestiones entre Estados, y que, supuestamente, demandan la cooperación entre ellos, por caso, ante la emergencia de amenazas como los virus altamente contagiosos.

En un reciente trabajo, la especialista Sara E. Davies advierte que a pesar de que existe desde principios de siglo un Reglamento Sanitario Internacional (RSI) cuyo propósito es lograr una mayor cooperación y coordinación internacional ante una Emergencia de Salud Pública de Preocupación Internacional (PHEIC), muchos Estados no han tenido en cuenta los consejos de la Organización Mundial de la Salud, llamada a “coordinar el desarrollo de capacidades de los Estados para detectar, evaluar e informar eventos de salud pública”, y han tomado el brote del coronavirus en sus propios términos.

Más aún, señala la autora que en otras “situaciones PHEIC”, como con la gripe porcina H1N1 y con el brote de Ébola en la República Democrática del Congo en 2019, hubo desconfianzas y demoras que dificultaron afrontar más eficazmente los peligros.

Por tanto, muy difícilmente vayan a ocurrir cambios de escala en las relaciones internacionales tras la epidemia. Es muy posible que la mayoría de las realidades y tendencias que existían antes de su emergencia se consoliden, por caso, el “interés nacional primero”; la desconfianza creciente entre poderes mayores; la mejora de capacidades; el nacionalismo (incluso en su versión más deletérea, el biológico); el “reapuntalamiento económico” (esto es, la “reterritorialización” de la producción); las fronteras duras; el bilateralismo (que es lo más próximo a un “multilateralismo real”); el proteccionismo económico; el desacople atlántico; la desaceleración económica simultánea en los tres centros económicos, China, Estados Unidos y Europa (lo que se denomina un “cisne gris”); las acusaciones; el racismo; el conflicto asimétrico; los liderazgos fuertes; el interés por territorios; la reconfiguración geopolítica en clave menos occidental; la propensión a dejar tratados o bien revisar tratados, etc.

Es muy posible que la mayoría de las realidades y tendencias que existían antes de la emergencia provocada por el covid 19 se consoliden, como las guerras asimétricas. Recuperado de BBC

Las aspiraciones en las relaciones entre Estados son solo eso, aspiraciones. Lo que cuenta es la experiencia; y la experiencia no nos ofrece casos donde los Estados hayan dejado de lado sus intereses para consagrar sus voluntades y capacidades en un bien público mayor que no sea el de ellos. A lo más, podrán tender a un equilibrio de poder, y esto sí lo respalda la experiencia; pero aún en este caso, siempre prevalecerá un factor que terminará socavando la cooperación en el mismo equilibrio, el de las incertidumbres de las intenciones: nunca un Estado sabe qué intenciones tienen sus pares o rivales.

 


Fuentes

Alberto Hutschenreuter, Un mundo extraviado. Apreciaciones estratégicas sobre el entorno internacional contemporáneo, Editorial Almaluz, CABA, 2019.

Stephen Walt, “The Realist’s Guide to the Coronavirus Outbreak”, Foreign Policy, March 9, 2020, https://foreignpolicy.com/2020/03/09/coronavirus-economy-globalization-virus-icu-realism/

Andrés Ortega, “Momento vertical”, Real Instituto Elcano. Royal Institute, 6/06/2017, https://blog.realinstitutoelcano.org/momento-vertical/

Sara Davies, “The Coronavirus and Trust in the Process of International Cooperation: A System Under Pressure”, Ethics & International Affairs, Carnegie Council, February 2020, https://www.ethicsandinternationalaffairs.org/2020/the-coronavirus-and-trust-in-the-process-of-international-cooperation-a-system-under-pressure/

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Alberto Hutschenreuter
Argentino. Doctor (summa cum Laude) en Relaciones Internacionales. Profesor en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación (República de Argentina). Autor de numerosos libros donde predominan cuestiones sobre geopolítica y sobre Rusia. Su último texto se titula "Un mundo extraviado. Apreciaciones estratégicas sobre el entorno internacional contemporáneo" (Editorial Almaluz, Buenos Aires, 2019).