Resumen

El presente trabajo reflexiona sobre la emergencia de las nuevas formas de las violencias políticas. La guerra hasta ahora entendida como aquel fenómeno dominado por el conflicto entre Estados modernos se ha ido transformando en algo más. Es entonces que hoy existe una prolifera categorización que a nuestro entender es sobreexcedida para el abordaje de estas nuevas amenazas, que nosotros denominaremos por su amplio espectro violencias políticas postmodernas, y que hemos propuesto presentarla bajo tres dimensiones de análisis. Tres dimensiones integrales para su estudio apoyadas en la revisión de un estado del arte de los grandes modelos o paradigmas que estudian estos conflictos violentos; paradigmas que definitivamente difieren de los paradigmas convencionales de las guerras modernas y contemporáneas. No es un trabajo de historia militar o un tratado de estrategia. Es un acercamiento teórico y comprensivo de una realidad incomoda que hoy se cierne sobre un mundo que se pretende cada vez más globalizado.  

Palabras clave: Guerras Postmodernas, Nuevas Guerras, Violencia política, Seguridad Internacional.


 

  1. Contexto General.

El presente trabajo de investigación se circunscribe al Departamento de Geopolítica, Seguridad y Conflictos Internacionales de CEINASEG, y tiene por objeto exponer al lector una visión integral y novedosa sobre las nuevas amenazas y violencias políticas que auguran los años venideros. Muchas son las categorías y clasificaciones de las nuevas amenazas; de las más difundidas a las más novedosas, están: las nuevas guerras, las guerras de cuarta generación, las guerras de quinta generación y las guerras híbridas. No obstante, a pesar de la elaborada y prolija categorización, por demás, algo rígida y sobrexcedida por los medios de comunicación, vemos por un lado que los análisis en securitización y defensa tienden a canalizar los conflictos futuros predominantemente en el marco de dos dimensiones; por un lado, están los asuntos de la ciberseguridad y la ciberestrategia; mientras que por el otro lado, están los análisis que se inclinan por el suspenso que rodea el equilibrio y la proliferación nuclear entre las potencias; quedando los denominados conflictos de “baja intensidad” por debajo del horizonte protagónico de la agenda, solamente expuestos por alguna coyuntura en particular. Es cierto también que esta tópica de los conflictos ha ido ganando terreno en los medios gracias al flagelo que han significado esas formas de violencia hoy.

En concordancia con lo anteriormente dicho, nos inclinamos en esta oportunidad por subrayar esas formas de violencia que, si bien no son novedosas, han regresado con mayor fuerza desafiando la racionalización de los códigos éticos y morales de la guerra y al mismo Estado moderno como garante de ello. Formas de violencia que hacen tambalear los más sofisticados programas en seguridad, haciendo ver las novedosas tecnologías aplicadas en defensa como impotentes. En este trabajo hablamos de las violencias políticas que hoy, en pleno siglo XXI, evocan el calamitoso y oscuro pasado de las luchas tribales, clánicas o primitivas, donde no hay uso patente de ordenadores de última generación u otros dispositivos sofisticados. En cambio, las órdenes van de boca en boca, las acciones se realizan bajo estratagemas cuasi ancestrales (emboscadas, o prácticas taimadas de “pega y corre”); y, las armas letales son muchas veces dispositivos explosivos improvisados hechos en un oscuro rincón de alguna localidad. Formas de violencia antes no consideradas guerras y que hoy están solapadas en emergencias humanitarias, guerras civiles, limpiezas étnicas o desplazamientos migratorios forzosos. El siglo XXI, nuestro presente, está entonces bajo estas consideraciones, la vívida tensión temporal entre dos dimensiones temporales, la bisagra entre el pasado y el futuro, entre lo primitivo y lo moderno. Es la delgada línea entre los códigos tribales y los códigos sofisticados de un supuesto mañana.  

En primer lugar, los sueños de una “paz perpetua”, de una concordancia de valores en sintonía con el proceso globalizador está cada vez más siendo comprometido y perturbado. Nada está escrito aún, pero de momento ya ha pasado un largo tiempo en que no hablamos de un mundo globalizado sino de un mundo parcialmente globalizado (Keohane, 2002); y, por otro lado, y para nada alentador, está el irrefutable indicador del aumento de literatura que atiende y analiza la estructura de la violencia global, signo indiscutible que muestra que los intelectuales y académicos están prestando cada vez más atención a ese “lado oscuro” que se traduce en la amenaza emergente del crimen organizado (tráfico de órganos, tráfico de armas, piratería), el terrorismo internacional, y otras formas de violencia que se están adueñando poco a poco de la agenda global.

En segundo lugar, no pretendemos predecir o dibujar una hoja de ruta tendenciosa de lo que serán las amenazas futuras; lejos de ello, lo que plantearemos en las siguientes líneas será el cómo la guerra, en el sentido como la hemos entendido habitualmente, es decir, como un fenómeno exclusivamente de los Estados modernos, está cambiando definitivamente, dando paso a las violencias políticas postmodernas que traemos en esta oportunidad. Para ello, nos disponemos a levantar la guerra sobre un estado del arte de unos modelos o paradigmas teóricos que nos permita observar la naturaleza, las diferencias y similitudes entre uno y otro, y así, poder diferenciar las guerras contemporáneas de las guerras postmodernas. Cuando hablamos de modelos o paradigmas y, en particular, fuera de las ciencias exactas, presuponemos su coexistencia y no su anulación automática o negación totalizadora. Incluso en aquellas “ciencias duras”, durante alguna crisis transitoria, puede haber casos de solapamiento temporal entre uno y otro paradigma (Kuhn, 2012, 176). Así, debemos acentuar las cosas que, para efectos de este trabajo, las categorías, modelos y paradigmas, serán utilizados indistintamente a lo largo de sus líneas. Por consiguiente, cuando hablamos de guerra, de su análisis, estudio y comprensión, estos modelos pueden perfectamente coexistir y en algunas ocasiones complementarse. Este es el caso de los modelos de las violencias políticas postmodernas como hemos decidido llamarlos, o en su forma abreviada, guerras postmodernas.  

  1. Para entender la Guerra contemporánea.

La guerra presupone violencia, pero la violencia no presupone la guerra. La historia de la guerra nos ha dado importantes lecciones sobre la violencia prepolítica, la violencia primitiva y ancestral, y sobre las guerras antes del Estado nación moderno (Delbrück, 1985), (Keegan, 1993), (Parker, 2010), escenarios donde el aspecto cultural esta por encima del aspecto político. Esta primera consideración de orden conceptual, advierte que la guerra puede ser definida sin la presencia del Estado moderno, sin la presencia de lo político (Keegan, 1993, p. 3) anticipándose al concepto clausewiano. Pero no nos adelantemos, otro tanto han hecho antropólogos (Mead, 1937), psicólogos (Freud, 1933), etólogos (Lorenz, 2005) e historiadores de las ciencias militares (Fuller, 1923, [1926] 1993) que, desde sus respectivas posiciones intelectuales han trabajado la naturaleza intrínseca de la guerra, posiciones intelectuales que se apoyan de un lado u otro en lo que es el acalorado debate de si el origen de la guerra es natural e instintivo o, por el contrario, es un asunto meramente cultural y político. Sin adentrarnos en este debate, basta señalar que la guerra es una realidad que nos amenaza día a día con mayor rapidez y mayor crudeza que antes. Los medios de comunicación, las redes sociales y los efectos indiscutibles de un mundo cada vez más interconectado hacen que nos transportemos a los escenarios violentos más inverosímiles. En cuestión de segundos, “estamos en un frente de batalla” lejano, caótico y extraño. Las imágenes y audio se encargan de hacernos sentir en carne propia la crudeza y el dolor del conflicto.    

Asimismo, el modelo de la guerra contemporánea es el modelo de la guerra entre naciones apoyado en el tipo de guerra convencional y limitada; es el modelo al que el lector está acostumbrado a conocer, el modelo que la literatura y el cine se han encargado de interpretar a lo largo de décadas. Es la guerra entre ejércitos profesionales, entre Estados nacionales que, potencialmente, trastornan el sistema internacional y, que su amenaza hoy, domina el escenario global. No en balde, todavía escuchamos de los medios de comunicación y de la opinión pública interrogantes como: “¿Le declarará la guerra?” (Vestigio del lenguaje de las guerras modernas). Este modelo o paradigma de la guerra occidental es al que estamos mayormente acostumbrados, se apoya fundamentalmente en el pensamiento de Carl Von Clausewitz (Trad. en 1976). El prusiano, veterano de las guerras napoleónicas, subraya que la guerra pasa por ser fundamentalmente un acto de fuerza (p. 75) y, en este sentido, le llegará a definir como la continuación de la política con otros medios (p. 605). Aquí debemos hacer énfasis en que esta definición se apoya en la matriz trinitaria de: a) pueblo; b) fuerzas armadas; y, c) gobierno. Junto a Clausewitz, otro tratadista de estrategia militar y veterano de aquella guerra, pero del bando contrario al prusiano, es el Barón Antoine de Jomini (Trad. en 2009), quien desde su perspectiva también construye lo que deberían ser los principios fundamentales de la guerra moderna bajo una óptica cartesiana. Si describimos entonces este modelo de guerra, diríamos que una de sus características principales es que este se ajusta a la lógica de la Raison d’ Etat y la producción en masa, por lo que sus pilares fundamentales son: el nacionalismo y la industrialización. Es la guerra de la “segunda ola” industrial de las naciones (Toffler, 1993). La levée en masse rompía con la estructura aristocrática del ahora viejo modelo de la guerra de los príncipes. La profesionalización y masificación de los ejércitos se conjugaba con los nuevos adelantos técnicos y científicos, diseñando así, la guerra contemporánea. En esta forma de ver y entender la guerra será el Estado, en el marco de la sociedad internacional, el que bajo la noción del reconocimiento mutuo y el respeto a la soberanía conjugue la paz o la guerra.

No obstante, este modelo sería seriamente cuestionado en dos ocasiones por los efectos de la embriagues del nacionalismo y el deseo insaciable por la maquina. Una forma de violencia mecanizada in extremis que alcanzaría su cenit en el convulso siglo XX. Dos guerras mundiales, dos guerras totales que sacudirían la guerra contemporánea: La guerra total, una guerra con su propia lógica, sus propios fines y sus propios objetivos. Una guerra aparte y divorciada de la política. ¿Fueron esas guerras industriales el cenit de las guerras contemporáneas o fueron en cambio un paréntesis? una advertencia en el camino kantiano de la guerra inaugurado por Clausewitz. En la pretendida racionalización del conflicto violento, aquella manifestación de violencia pura y sin cuartel evidenció que la guerra puede acariciar objetivos distintos a los políticos (Ludendorff, 1935), (Von der Goltz, Trad. 1914) derrumbando los códigos y convenciones hasta ahora alcanzados en materia humanitaria y consuetudinaria con respeto a los conflictos. Una advertencia, una campanada que nos advierte que en cuestiones de la guerra todavía no todo esta dicho. Una campanada sobre los extremos de la violencia que el hombre, que la humanidad, puede alcanzar en cualquier momento. Quincy Wright (1942), Basil Lidell Hart (1930) y J.F.C. Fuller (1923) por nombrar tres de los grandes tratadistas militares contemporáneos, escudriñan y analizan este modelo de la guerra de manera reflexiva, dos guerras mundiales que pusieron en duda el carácter racional de la guerra. No entraremos en detalle sobre la disputa entre realistas y legalistas, entre la primacía del interés nacional o el derecho positivo (Bellamy, 2009), pero definitivamente ambos conflictos sacudirían los cánones de la guerra hasta ahora conocidos.  

El desarrollo del dispositivo nuclear alteró la lógica de la guerra contemporánea una vez más. El fantasma de la guerra total rondaba ahora los potenciales conflictos nucleares entre las grandes potencias, de aquí, la emergencia de reintroducir la política en la guerra, reintroducir los objetivos políticos. Con base a esto, Henry Kissinger sería categórico al subrayar la importancia de racionalizar el conflicto armado sin llegar a los extremos de una guerra absoluta (1957, pp. 132 – 173); pero esto no era todo, una nueva campanada sonaría allende las naciones occidentales en el siglo pasado. Esta vez, se trataba de los movimientos de descolonización y un nuevo tipo de guerra: la guerra revolucionaria. Esta novedosa forma de violencia se extendería por el mundo rápidamente. Su esencia era la noción asimétrica del combate a diferencia de la noción disimétrica practicada por los Estados; y es que, ahora, uno de los adversarios no sería otro Estado moderno, sino un grupo armado y fuertemente motivado para hacerse con el mismo Estado. Este nuevo actor estaba motivado políticamente bajo el manto del nacionalismo u otra ideología encantadora. Este tipo de guerra trastornaría nuevamente los códigos y convenciones de la guerra entre Estados. El combatiente era el político, no el soldado. Esta vez, la guerra tenía una connotación popular y de larga duración. El enemigo estaba mezclado con la población civil. Tanto Mao Tze Tung, Ngo Nguyen Giap, Ernesto Guevara y Georgios Grivas, pusieron en práctica aquellas nociones para derrotar al Estado moderno (Von der Heydte, 1988). Tanto la guerra revolucionaria como la guerra total, ahora en el marco de la amenaza de la guerra nuclear, dibujarían el siglo XX desde la década de los cincuenta.    

  • Las violencias políticas postmodernas.

Hemos mencionado que, en la actualidad, en un mundo parcialmente globalizado pero cada vez más interconectado, el “sabor” de la guerra está a nuestro alcance, pero estas son unas guerras a las que no estamos acostumbrados. Y es que, lo que antes era visto como escenarios de violencia exóticos, marginales y primitivos; anomalías fuera del pujante “orden” mundial, ahora están a la vuelta de la esquina y a un “click” de nuestros ordenadores y dispositivos telefónicos; para algunos, se trata de un rebrote de los tiempos primitivos.

Lo cierto es que el siglo XX nos dio dos campanadas, dos advertencias de lo que pueden llegar a convertirse las guerras. La primera, la guerra total con dos guerras mundiales, donde se ascendió a los extremos; y, la segunda, la guerra revolucionaria, donde se diluyó la diferencia entre lo civil y lo militar haciendo de la guerra un asunto de todos. Estas afirmaciones no quieren decir que el Estado moderno haya perdido el protagonismo o la exclusividad como actor del sistema internacional, pero definitivamente, ya no es el único actor de peso. Las grandes potencias aún son fuertes, y nada parece indicar que desaparezcan. Muchos son los análisis sobre el balance entre China y Estados Unidos hoy, sobre cuál será la potencia que dominará el sistema internacional en las décadas venideras. Lo mismo podemos decir de los Estados que se hacen con el protagonismo en determinada región con coyunturales carreras armamentistas o que, por sus meras capacidades de poder relativo, tienen peso en la arena internacional, e.g., India, Pakistán, Israel e Irán.

No obstante, en un mundo cada vez más globalizado, vemos como tendencia el protagonismo de verdaderas ciudades – estados globales (Singapur, New York, Los Ángeles, Hong Kong); eco de aquellas ciudadelas medievales protagonistas de una época; pero, a diferencia de aquellas ciudades amuralladas, hoy se nos presentan estas ciudades postmodernas como verdaderos emporios de un vasto y complejo sistema financiero (Starobin, 2009) que teje la globalización. Frente a este escenario internacional, existe una red aún más compleja de crimen, terror y violencia globalizada que evoca, no a la homogenización, sino a la desintegración y potencial reordenamiento de las relaciones de poder, haciendo ver el proceso globalizador más frágil de lo que es (Porter, 2009), contexto que exige nuevos paradigmas que atiendan la violencia emergente (Grenfell y James, 2009), y esto es lo que trataremos de esclarecer.    

En la actualidad, otros tipos o manifestaciones de violencia se desarrollan despertando cada vez más el interés de la comunidad intelectual y de expertos militares, incluso, entre estas manifestaciones estará el terrorismo internacional, que era considerado de manera muy distinta a lo que se le considera hoy. Lo cierto es que debemos esperar hasta el quiebre del sistema bipolar y la reestructuración del sistema internacional para dar con los nuevos enfoques teóricos.

Pero, ¿A qué se debe esta emergencia de nuevos enfoques, modelos o paradigmas de las nuevas guerras? En primer lugar, el Estado moderno ha perdido el monopolio de la violencia en términos relativos frente a la emergencia de los actores antisistémicos de alcance global, los análisis del Estado moderno han dado nuevas categorizaciones nada alentadoras sobre lo que son los escenarios de estas guerras postmodernas: Estados débiles, Estados fallidos y Estados colapsados (Rotberg, 2003), que ahora sirven de caldo de cultivo para el desarrollo de esos “Estados embrionarios” que se nutren de la guerra, del terrorismo y la violencia estructural. Una suerte de “tierras de nadie” u hoyos negros donde la concordancia de las normas y protocolos de las leyes no parecen llegar. En segundo lugar, los conflictos que ahora se dirimen se dan al margen de cualquier convención o protocolo de la guerra. El soldado le ha dado paso al guerrero. Los códigos de la guerra le dan paso a los lazos de sangre, étnicos, religiosos y de fidelidad hacia el “señor de la guerra” o “Sheikh”. Ahora se diluye la diferencia entre lo público y lo privado. A fin de cuentas estamos a las puertas de un mundo “más allá de los mapas tradicionales”.

De igual manera, las guerras de finales del siglo XX e inicios del siglo XXI que involucraron directa o indirectamente a alguna gran potencia advirtieron este escenario perturbador. Kosovo, 1998, Chechenia, 1999, Afganistán, 2001 e Irak, 2003, fueron las campanadas al mundo entero sobre el papel de las guerras que llamamos postmodernas. Aquellas manifestaciones de violencia política nos señalaron que el modelo de la guerra contemporánea estaba entrando en crisis una vez más. La caducidad de los grandes ejércitos mecanizados frente a estas nuevas amenazas era palpable. Así, las nuevas manifestaciones de la guerra se nos presentan como los posibles nodos paradigmáticos de los conflictos postmodernos. Existe una nutrida literatura sobre las nuevas guerras, como ya hemos dicho; sin embargo, la mayoría de ellas hace uso en sus fuentes de los primeros teóricos e intelectuales que abordaron el tema desde la última década del siglo XX, en contraste con los denominaciones actuales que desbordan los tecnicismos intelectuales, como el de guerras hibridas o guerras de quinta generación, por poner dos ejemplos actuales; partimos de la opinión de que la categoría paradigmática de la guerras postmodernas cimenta las bases de todo aquel conflicto que no sea “tradicional”, contemporáneo, usual y cónsono con las grandes convenciones y tradiciones cristalizadas entre el siglo XIX y siglo XX.

Reflexionamos entonces que, a grandes rasgos, las violencias políticas postmodernas siguen ciertos patrones y poseen ciertas características, por demás únicas, que podemos atender en tres dimensiones. Aquí partimos de la idea de que para poder analizar las guerras postmodernas se deben estudiar tres dimensiones de forma integral; ya que cada una, por sí sola, nos conllevaría al riesgo de malinterpretar o sobre clasificar determinado conflicto:

  1. Primera Dimensión. Macro, de carácter cultural y de raíces históricas. Esta dimensión se apoyaría en el fenómeno de la interacción cultural de la sociedad internacional gracias a las bondades de la globalización, pero no sin antes atender aquella relación intrínseca entre lenguaje y sociedad de cada ente político, bien sea un Estado o una comunidad, donde la guerra y la violencia poseen potencialmente una convención propia. Este nivel de abstracción es clave y lo podemos traducir en lo que muchos expertos han denominado “inteligencia cultural”. Esta dimensión opera con las variables de civilización y cultura, de religión y valores nacionales, que interactúan a tres niveles: nacional, regional e internacional.

 

  1. Segunda Dimensión. Apoyada en la discriminación de los tipos y técnicas de la guerra, así como en el desarrollo tecnológico y energético. En pocas palabras, esta dimensión opera sobre la función inmaterial (estrategia y táctica empleada) y material (tecnologías empleadas) que potencialmente condiciona la guerra. Aquí no solo debemos enfocarnos en los adelantos en esta materia por las grandes potencias y su aplicación a las nuevas amenazas, sino que debemos evitar caer en las “trampas” del sueño del progreso como antídoto para la guerra; y así, evadir el carácter totalizador de la globalización y las tecnologías del mañana que nos pueden cegar en el análisis. Tal vez es la dimensión más llamativa a los ojos del lector y atendida por los medios de comunicación, como hemos afirmado, gracias al poderoso atractivo que causan estas tópicas y la incertidumbre que provoca el indetenible deseo por el progreso técnico. Las pulsaciones tecnológicas y energéticas dan al investigador luces sobre las proyecciones de futuros conflictos, no solo entre Estados, sino entre Estados y grupos antisistémicos donde, diametralmente opuesto a lo que parece, la carencia de determinados conocimientos y manejo de ciertas tecnologías le puede dar mayor letalidad al adversario. Las guerras postmodernas son particularmente cruentas en aquellas zonas que evocan al neolítico, y donde las tecnologías más sofisticadas parecen fallar; de las alturas de las montañas Khyber en Afganistán, a las densas selvas del Congo.

 

  1. Tercera Dimensión. Propia del ejercicio de la violencia. La cual, deja de ser claramente un asunto exclusivo del campo militar para diluirse con la sociedad. A nuestro entender, es la dimensión cardinal de las guerras postmodernas y donde debe haber una emergente relectura de lo que serán las nuevas guerras. He aquí el verdadero quiebre entre el modelo de las guerras contemporáneas y el modelo de las guerras postmodernas ¿Qué diferencia entonces, hoy, la guerra del terrorismo, de la violencia estructural e incluso del crimen organizado? Evidentemente sus objetivos, sus fines y sus medios, pero viendo más allá, el Estado como actor ya no exclusivo de la guerra se ha ocupado de estas y otras amenazas, revaluando su estrategia, su táctica y hasta su discurso. El solapamiento entre todas estas amenazas cristaliza esta dimensión de las violencias políticas postmodernas.  

 

  1. Un estado del arte de los modelos de las guerras del futuro.

Considerando estas tres dimensiones, podemos reparar que los grandes modelos o paradigmas de la guerra postmoderna son de dos tipos, principalmente; sincrónicos o transicionales, y ontológicos o avocados a la naturaleza y esencia de los conflictos. Cada uno defendido desde su trinchera intelectual, pero que definitivamente nos ofrecen los primeros pasos para entender las necesidades de examinar las nuevas guerras y amenazas que nos deparan en el presente y futuro.

De los primeros modelos sincrónicos podemos hallar las fuentes intelectuales de la segunda dimensión de nuestras guerras postmodernas. Estos paradigmas o modelos parten de la noción de lo evolutivo y transicional, donde lo temporal prima por excelencia. Hablamos de edades, épocas y generaciones. De aquí que nuestra segunda dimensión se incline por los tipos y técnicas de guerra, así como por el desarrollo y “saltos” en la tecnología y la energía.

De estos modelos, recatamos en primera instancia, y tal vez el más conocido, el modelo pionero de los nuevos conflictos, que dará origen a una avalancha de estudios y propuestas en la materia. Nos referimos al paradigma generacional de W. Lind, J. Sutton, k. Nightengale, J. Schmitt y G. Wilson (1989), con la idea de la guerra de cuarta generación, donde los autores recapacitan sobre la práctica de la guerra a lo largo de cuatro generaciones históricas, haciendo hincapié en los cambios sustanciales de la estrategia y la táctica de la guerra en cada una de las generaciones transicionales. A pesar de la profundidad de análisis de esta propuesta, decidimos colocarla dentro de los modelos sincrónicos por su disposición temporal de generaciones cronológicamente separadas, y por el predominio de las tecnologías sobre la hipótesis. Lo importante acá, es que de la cuarta generación rescatamos de W. Lind y compañía, el componente cultural como eje cardinal de estos nuevos conflictos. Los autores, con lo que denominarían “llave de judo” (p. 25), dejarían entrever la esencia de este nuevo tipo de guerra. En un trabajo de revisión posterior (2004), el propio W. Lind profundizará en esta idea definiéndola como una táctica aplicada por el adversario bajo las debilidades y “ventajas” que ofrecen las instituciones occidentales como la democracia y los derechos civiles (p. 3). Aquí encontramos el factor cultural que caracteriza las guerras postmodernas. Concatenado a esta tesis, y siguiendo esta misma pauta sincrónica, está la propuesta revisada de la guerra de cuarta generación hecha por T. X. Hammes de forma más detenida (2004), donde refuerza el carácter no convencional de estas guerras. La teoría de la guerra de cuarta generación todavía sigue arrojando críticas y estudios.

Por otra parte, se ha llegado a hablar de guerras de quinta generación, pero tal categoría engrosaría las filas de lo que hemos dicho al empezar este artículo. En la guerra de cuarta generación no está dicho todo aún; por lo que la emergencia de nuevas categorías, lejos de facilitar la comprensión, esquiva el problema y sobresatura el campo de estudio de las guerras postmodernas. 

Para 1989 tenemos otro modelo sincrónico, pero esta vez apoyado exclusivamente en el desarrollo tecnológico, lo que lo convierte en un modelo rígido esencialmente, un enfoque inclinado por el progreso técnico inevitable de la humanidad, hablamos del modelo pionero del Profesor Martin Van Creveld (1989), quien aborda desde esta óptica, la guerra en términos de edades de la guerra, partiendo desde los tiempos del neolítico hasta la era de los ordenadores. En particular, prestamos atención a la última edad, la edad de la automatización (pp. 235 – 320), de donde rescatamos la noción de la “guerra integrada” y la preponderancia del progreso tecnológico militar como determinante de las nuevas guerras (p. 273).

Bajo las mismas precisiones tecnológicas, pero apoyándose exclusivamente en tres grandes momentos, se inscribe el trabajo de las “olas de la guerra” (Toffler, 1993); quien si bien se apoya en el factor tecnológico, solo puntualiza que los verdaderos quiebres paradigmáticos en la forma de la guerra se deben esencialmente a tres revoluciones globales: la revolución agrícola, la revolución industrial y la revolución de la “tercera ola”, nombre homónimo de su obra cumbre y a la cual se debe su propuesta (1980). En esta oportunidad, Toffler ofrece en un amplio espectro lo que serán las guerras del futuro, desde las dimensiones del combate mismo, e.g., el espacio exterior, y hasta el uso de robots en los escenarios de batalla (hoy drones de tierra, mar y aire), en la cual, se integra lo cultural y lo tecnológico, pero como hemos dicho, en un ascenso cronológico de tres grandes momentos o revoluciones. Siguiendo la pauta de los modelos sincrónicos, debemos mencionar la propuesta que indica que la transformación de la guerra se debe al transcurrir, no de generaciones, sino de épocas de uso y consumo de determinadas energías (Bunker, 1994).

De la propuesta del Profesor de la American Military University sobre las épocas de la guerra, la última y cuarta época que denomina postmoderna [si se quiere en consonancia con la cuarta generación de Lind], es la que se correspondería con nuestras guerras postmodernas. Época que se apoyaría en energías inanimadas y hasta “desconocidas” en el presente (p. 22). El argumento de su tesis es que aquellos cambios energéticos alteran profundamente la práctica de la guerra. Entonces cabe preguntarnos ¿Estamos a las puertas de otro cambio energético que sacuda las guerras postmodernas? No lo sabemos, pero para el autor la “época” postmoderna se caracteriza por ser una época transitoria y de energía experimental que hoy vivimos; y que, si seguimos los modelos históricos, si estaríamos entonces en la transición hacia otras prácticas propias de las guerras del futuro, desconocidas hoy.

Por último, tenemos el modelo de Guerra Enjambre de Arquilla y Ronfeldt (2000), que emula las generaciones temporales, pero en cuatro paradigmas estratégicos para entrar en batalla y de los cuales el último, el del enjambre, se apoya sobre la noción de la “revolución de la información” (p. 7) como aspecto fundamental en la era de la globalización. Éste, se aleja de las maniobras versátiles de las guerras contemporáneas y toma aspectos más “amorfos”, pero más letales (p. 21) en consonancia con las nuevas amenazas en “red”. Estos modelos sincrónicos, como hemos visto, presentan estrechas similitudes y paralelismos que se pueden integrar para un estudio más detenido; pero, si bien en su momento estimularon las investigaciones sobre la alerta emergente de las nuevas guerras, no son suficientes hoy.

Ahora bien, pasemos a darle un vistazo a lo que denominamos modelos o paradigmas ontológicos. En estos paradigmas, podemos encontrar las fuentes intelectuales de la primera y tercera dimensión de nuestras violencias políticas postmodernas. Para comenzar, dos modelos inclinados por la esencia de la guerra en sí y su radical transformación, aquí, tal vez nos topamos con los modelos de mayor contundencia en el medio especializado de hoy.

En primera instancia, debemos pasar de inmediato a la propuesta antitrinitaria del Profesor Martin Van Creveld (1991); nuevamente nos topamos con un trabajo del mismo intelectual, pero esta vez se trata de un modelo más incisivo y radical. Su fundamento es el quiebre del esquema trinitario de Clausewitz que motoriza las guerras entre Estados modernos, un modelo que nos advierte sobre el futuro de las nuevas formas y tipos de guerra. Esta precisión es fundamental, ya que indica una ruptura clara con las guerras contemporáneas; aquí, el elemento tecnológico es dejado a un lado y, en su lugar, se analiza la pérdida del monopolio legítimo de la violencia por parte de Estado, estamos frente a la “quiebra” del Estado en términos de seguridad. Van Creveld hace un llamado de repensar la guerra, ya no en término clausewiano, sino en los términos propios de los conflictos de baja intensidad. A fin de cuentas, Van Creveld sacudiría la comunidad de expertos e intelectuales al poner en tela de juicio el papel preponderante del Estado frente a las guerras que se avecinan.  

Siguiendo por esta dirección, encontramos uno de los modelos de conflicto que quizá haya gozado de gran atractivo y popularidad hasta hace algunos años; se trata del modelo de choques de civilizaciones expuesto por primera vez en 1993, bajo la figura de un artículo publicado en Foreign Affairs, donde se expone el rol de las líneas de fractura entre civilizaciones como zonas de potenciales conflictos internacionales (Huntington, 2005). De hecho, si bien se presenta como un modelo de potenciales conflictos futuros que radicalmente pretende desplazar las guerras contemporáneas entre Estados, hoy ha caído en desestima gracias a la complejidad y dinámica de la sociedad internacional, donde todavía se articulan alianzas inter/civilizacionales de peso, presentándose incluso muy sólidas en su momento, e.g., Estados Unidos e India; mientras que, opuesto a ello, tenemos guerras intra/civilizacionales que llegan a altos grados de violencia, e.g., Arabia Saudita y Yemen el día de hoy. Ciertamente, la idea de ese “choque” no es novedosa, ni se le debe su exclusividad al autor de tan galardonado libro; tanto el autor como otros intelectuales, en teoría general de las civilizaciones, han estudiado este fenómeno partiendo de las obras monumentales de Arnold Toynbee, Estudio de la Historia (1981) y Oswald Spengler, Decadencia de Occidente (1966); y, sin dejar a un lado los trabajos de Carroll Quigley, Fernand Braudel y William McNeill, quienes también han estudiado las civilizaciones como grandes unidades inteligibles.

De aquí en adelante, otra gama de expertos ha contribuido con la materia de cara a los conflictos y, en ello, podemos señalar al investigador en Historia Militar, Azar Gat, con su trabajo, War in Human Civilization (2006); quien se aleja desde su posición de nuestra línea, argumentando que la guerra está declinando hoy en día. En esta línea argumentativa de las civilizaciones y sus potenciales conflictos, debemos añadir un trabajo que se balancea sobre la tópica religiosa de las guerras en tiempos de globalización, se trata de la propuesta de las guerras cósmicas de Reza Aslan (2009), un trabajo que cumple ya una década y no deja de interesar.

Asimismo, el tema de las civilizaciones no se reduce a estas propuestas, ciertamente algo rígidas y encerradas, en consideraciones sistémicas. Pensando más en el factor cultural, encontramos propuestas más actualizadas que ofrecen otras luces y elementos epistemológicos que nos ayudan a comprender el potencial conflicto que protagonice una o varias civilizaciones.

El Profesor y sociólogo S.N. Eisenstadt con su teoría de Axial Civlizations (2005) y su estudio comparativo de civilizaciones (2003), por ejemplo, contribuye a la comprensión de estas vastas unidades inteligibles bajo la idea del cómo se hicieron modernas a través de lo que denomina “modernidades múltiples” (2003), que operan bajo unos mapas semánticos que permiten escudriñar dentro de los programas culturales, sus tensiones (trascendental y mundana) y sus identidades. Entender la civilización a partir de su identidad ofrece otras oportunidades a esta tesis, y por esta senda el constructivismo en las Relaciones Internacionales brinda otras oportunidades para nada desestimables. La deconstrucción de la civilización y los encuentros entre civilizaciones partiendo de la psicología o el discurso, por ejemplo, infiltra las líneas divisorias del mapa de Samuel Huntington; y es que, una definición de civilización que supere los márgenes cronológicos, políticos y materiales atados a la idea del progreso, ofrece otras dimensiones para nuestro análisis de las violencias políticas postmodernas, una perspectiva que no esquiva las fuentes históricas, pero que se presenta decididamente novedosa. Hoy, entonces, podemos encontrar lo que ya se denomina la “cuarta ola” del análisis civilizacional (Hall y Jackson, 2007, p.199) que nos da estas otras perspectivas. De esta manera, se observa que la aproximación a las civilizaciones no ha quedado agotada con aquel choque de civilizaciones de la década de los noventa del siglo pasado.       

Nos queda por revisar tres propuestas más en el marco de estos modelos ontológicos. Los dos primeros íntimamente relacionados por su base fáctica, pero diametralmente opuestos por sus objetivos y resultados.

El primero y más reconocido por los medios intelectuales, es el de las guerras por los recursos, que por décadas alimentó la idea de la dinámica de la extracción de algún recurso vital y estratégico de un Estado por otro Estado, dibujando un mundo de guerras interestatales perenne; sin embargo, la acuñación de este término apuntó más a un tipo de guerra que a un modelo de dentro de la guerra postmoderna. Veamos por qué, la tesis parte de que la competencia por determinado recurso como el petróleo o coltán, por nombrar dos, conllevaría al conflicto armado entre dos poderes, alimentando la geopolítica tradicional de los últimos tiempos; aquí, el juego de intereses a escala global sigue siendo a fin de cuentas uno de los peligros inminentes (Klare, 2003). No obstante, este tipo de guerra por determinado recurso presupone el enfrentamiento entre dos entidades políticas o dos o más Estados, como hemos indicado, bajo el formato de las guerras contemporáneas. Dos Estados enfrentados bajo ciertas condiciones por la obtención y deseo de un recurso estratégico; claro está, que el potencial enfrentamiento puede presuponer otras aristas violentas en su seno, por lo que pudiera degenerar en otras formas desconocidas de la guerra. Y es, en este preciso momento, cuando podríamos hablar de una guerra postmoderna.

En este punto, entra en escena un modelo o paradigma que sí consideramos realmente postmoderno, y es el que invierte los intereses de la geopolítica tradicional por la fatiga de la geoescasez del futuro. En contraste, ahora los recursos no serían disputados por grandes poderes, sino que su escasez sería el Coup de Force de choques violentos generalizados, de pugnas clánicas, étnicas y religiosas que traspasan fronteras, activadas por el extremo empobrecimiento o acidificación del suelo, la falta de tecnologías para mitigar el deterioro medioambiental (Homer – Dixon, 1991), o cuando el “grano” se convierte en una cuestión de vida o muerte. Lejos de presentarse como un análisis localista y puntualizado sobre un área en específico, la propuesta se eleva al nivel de civilizaciones sobre la base del quiebre tectónico (Homer – Dixon, 2006), que rompe las barreras tradicionales de las civilizaciones históricas, y donde no escapan las sociedades postindustriales del mañana, cada vez más amenazadas por esta realidad contigua; David Montgomery le llamará, la “erosión de las civilizaciones” (2007). Este novedoso modelo se presenta como uno de los más estremecedores y perturbadores para el futuro inmediato: Áreas neurálgicas, proclives a generar un vendaval de presiones sociales y políticas expresadas en brotes virulentos de violencia generalizada sobre las sociedades próximas más o menos estables. La balcanización y fractura de entidades estatales son el primer paso de este modelo de la guerra postmoderna, y África se nos viene a la mente no como el espejo del pasado sino como el espejo del futuro.

Cerramos estos enfoques ontológicos con la propuesta homónima de las “nuevas guerras” de la Profesora Mary Kaldor (2001). Con visión aguda, esta propuesta se levanta por la alerta del fin de la Guerra Fría y la restructuración del sistema internacional. La Profesora llega a diferenciar tres tipos de guerra dentro de este novedoso modelo o paradigma. El primero y el segundo evocan la esencia de las violencias políticas postmodernas, mientras que el tercero es el eco fantasmal del modelo de las guerras contemporáneas entre Estados modernos. Los tres, son el escenario integral de estás “nuevas guerras”. Veamos. En primer lugar, están las “guerra en redes”, donde participan una multiplicidad de actores a nivel local, regional y global, coincidiendo con los modelos arriba revisados, Mary Kaldor les da importancia capital a estos actores. En segundo lugar, tenemos el tipo de guerra al que la autora denomina “guerras espectáculos” donde el Estado moderno, en este caso Estados Unidos, heredero de la estructura de la guerra contemporánea se plantea dirimir el conflicto bajo el empleo de tecnología de punta, tratando de romper la barrera del tiempo. La puesta en marcha del “soldado de futuro” venciendo al “guerrero del pasado”. Por último, el tercer tipo de guerra de este modelo es la “guerra neomoderna”, que no es más que una guerra interestatal pretendida por estructuras políticas contemporáneas como potencias regionales o locales, e.g., India, Pakistán, Irán, que se preparan para una confrontación de ese tipo en medio de un mundo globalizado.

Con la revisión de estos modelos sincrónicos y ontológicos ofrecemos una matriz ordenada de los paradigmas que se inclinan por el estudio y análisis de las nuevas guerras, de los conflictos que hemos denominado violencias políticas postmodernas. Hemos visto que de ninguna manera estos modelos son excluyentes, sin embargo el enfoque cerrado de uno u otro puede tergiversar el análisis de determinado conflicto o amenaza.         

  1. Consideraciones finales

Podemos reflexionar que no fue el triunfo del liberalismo, o la vuelta de las ideologías encontradas, o el fortalecimiento de las autocracias modernas, lo que dictaminó las nuevas formas de la guerra en el siglo XXI. En este sentido, la lectura sobre el modelo de la guerra contemporánea comenzó a nuestro juicio a fallar frente a manifestaciones algo peculiares y a las que hemos optado por llamar violencias políticas postmodernas. La línea de fractura entre un modelo y otro lo encontramos entre la caída de la Unión Soviética (1991) y el atentado sobre las Torres Gemelas (2001), década en la que muchos Estados comenzaron a perder preponderancia, década cuando muchas “fachadas” de Estado comenzaron a caer y a fracturarse dando paso a formas políticas amorfas, áreas grises o pardas que, lejos de quedarse aisladas para ser estudiadas por filántropos y científicos sociales, se interconectaron, se globalizaron y se internacionalizaron para sobrevivir con sus nuevas formas de violencia. En este instante, podemos inferir que la guerra en términos clausewianos se nos presenta como una mera pausa en la historia de la humanidad, una pausa de racionalización que el hombre debe procurar conservar en el futuro. Aunque este Futuro no está asegurado por las bondades de la globalización y los adelantos tecnológicos; y es que ese Élan Vital, en palabras de Bergson; o ese Conatus, en palabras de Spinoza, pueden mover al hombre por rumbos desconocidos y perturbadores. En la historia de la humanidad, el Estado moderno apenas ocupa una pequeña fracción de tiempo y, con él, las formas contemporáneas de la guerra. Antes del Estado-nación, antes de Clausewitz y Jomini, anteceden miles de años de violencia y guerra. Hoy la descomposición y quiebra del Estado abre una ventana al torbellino de nuevas manifestaciones de violencia, un escenario nada alentador para las generaciones futuras. Si bien el Estado sigue siendo el actor por excelencia del sistema internacional, los grandes ejércitos parecen impotentes ante estas nuevas amenazas de baja intensidad y de larga duración que hoy tienen alcance global.

Por su parte, la revisión de los grandes modelos o paradigmas de las nuevas guerras que hoy nos ocupó una parte de este trabajo no excluye la emergencia de nuevos modelos que analicen el fenómeno de las nuevas guerras como lo hemos hecho nosotros. De hecho, es nuestra apuesta el que se enriquezca la literatura al respecto desde estas latitudes, región no exenta de estas nuevas amenazas: Colombia, México y Venezuela entrañan hoy el caldo de cultivo de las violencias descritas en este trabajo. Finalmente, estos modelos descritos, reforzaron nuestro trabajo de investigación sobre el componente integral clave de este fenómeno que optamos por dividir en tres grandes dimensiones de análisis, y que el lector podrá apreciar al adentrarse en el mundo caótico de las guerras postmodernas del presente y del mañana.    

 


 

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Edgar Maldonado
Licenciado en Historia y Especialista en Derecho y Política Internacional por la Universidad Central de Venezuela, es candidato al título de Doctor en Ciencias Políticas de la misma casa de estudios. Miembro fundador, consejero asesor e investigador de CEINASEG. Se desempeña como profesor universitario con experiencia en las Escuelas de Historia, Comunicación Social, Estudios Políticos y Estudios Internacionales. Es Jefe del Departamento de Formación Histórico Especial de la Escuela de Historia de la Universidad Central de Venezuela, Director de Investigación Histórica de la Asamblea Nacional y Miembro del Grupo de Investigación de Lenguajes y Conceptos Políticos de la Escuela de Estudios Políticos y Administrativos. Sus líneas de investigación son la seguridad internacional en el marco de las Relaciones Internacionales y la historia de los lenguajes políticos en el marco de la Teoría Política. Actualmente dedicado al estudio de la representación y representatividad en el marco de la crisis de la democracia moderna.