Durante las últimas décadas, el mundo ha adoptado un ritmo de constante evolución; la manera de comunicarnos, transportarnos, educarnos… ha ido transformándose de forma progresiva, cambiando el foco de análisis por parte de los Estados a la hora de implementar estrategias políticas que consoliden su desarrollo y mejoren los canales de comunicación con el resto del mundo. En este sentido, los conflictos históricos entre países han modificado la forma en cómo se relacionan, dando espacio a la trasformación de las relaciones internacionales, disciplina que desde sus inicios ha ido ampliando sus campos de influencia y que, en la actualidad, gracias a todos los cambios y procesos mencionados anteriormente, goza de una atención especial, modificando e incentivando la necesidad de interpretar las relaciones internacionales desde otros ámbitos distintos al tradicional enfoque de diplomacia, entendiendo como apropiado e indispensable acoplar el desarrollo científico en el área de los estudios internacionales utilizando éstas herramientas para crear estrategias de política exterior, donde los países pueden hacer uso de la tecnología, la ciencia y la innovación como cimiento de nuevas coaliciones, que fomenten el desarrollo colectivo alrededor del mundo,  y aunque poco ha sido lo que se ha investigado y escrito sobre la influencia de la diplomacia científica en las relaciones internacionales actuales, algunos diarios y centros de investigación hacen mención de esta disciplina, como una de las formas que encuentran las sociedades para colaborar entre ellas, a través de cooperación tanto bilateral como multilateral en materia de investigación, tecnología, ciencia e innovación (Luna, 2018).

¿En qué consiste?

     Recientemente, el término «diplomacia científica» ha sido rescatado, principalmente, por el Dr. Vaughan Turekian, director del Centro de Diplomacia Científica  (Center for Science Diplomacy), establecido en 2009 por la Asociación para el Avance de la Ciencia (AAAS) por sus siglas en inglés; la cual expone que «esta asociación tiene por objetivo impulsar la ciencia, la ingeniería y la innovación; incentivar la comunicación entre científicos, ingenieros y el público; promover la integridad de la ciencia y su uso; ser vocera de los científicos en temas sociales, y procurar la cooperación internacional en materia científica, entre otros aspectos” entre sociedades de distinto origen y características. El concepto de diplomacia científica utilizado dentro de esta asociación tiene como base “el uso y la aplicación de la ciencia con fines de vinculación entre sociedades y con un particular interés en aquellas áreas de la relación que tienen un menor número de mecanismos de cooperación establecidos a nivel oficial” permitiendo de esta manera implementar políticas exteriores que constituyen una nueva faceta del fenómeno de la globalización (Cruz, 2014).

Origen

    Una de las problemáticas al momento de establecer líneas de tiempo con respecto a Las relaciones internacionales como disciplina científica, es la falta de investigación y confirmación de su génesis, y aunque no esté del todo explicito, el uso de la ciencia como recurso en el análisis de las relaciones internacionales ha sido implementado desde muchos años atrás. Una muestra de ello, es el establecimiento y firma de tratados internacionales, como fue el caso del Tratado Antártico, en medio de la Guerra Fría, durante el mandato del expresidente de los Estados Unidos (1953 – 1961) Dwight D. Eisenhower, dicho tratado ratificó “el papel de la ciencia como herramienta de diplomacia para construir los intereses comunes, de los aliados y adversarios, en beneficio de toda la humanidad” (Prieto, 2019). Cabe destacar que entre los firmantes se encontraba Rusia, por lo cual se puede atribuir de igual forma la capacidad de las actividades científicas de establecer lazos y solucionar diálogos rotos entre países que no necesariamente se encuentran cerca geográficamente.

    Asimismo, se considera que uno de los aspectos más importantes de la Ciencia como recurso de la diplomacia es su carácter independiente con respecto a la ubicación geográfica de quienes participan dentro de esta disciplina, el Dr. Turekian expone «Un físico de Hungría debe ceñirse a las mismas leyes de la física y las matemáticas que un físico de Francia» lo que significa que sin importar la religión, mandato político o características culturales, los elementos de la ciencia son iguales en un lugar que en otro. Del mismo modo expresa que «Las enfermedades infecciosas no entienden de mapas políticos» (Cruz, 2014). Así pues, el trabajo de la ciencia se centra en resolver problemas como pandemias, desastres naturales e inseguridad, que afectan a las sociedades en general y ya no solo a un territorio especifico, lo cual permite avanzar de forma más eficiente y eficaz en ámbitos cada vez más complejos, gracias a la colaboración entre científicos alrededor del mundo. Aunado a ello, la actividad científica dentro de la diplomacia ha establecido un impacto positivo e importante dentro de las políticas exteriores de cada país. Hoy en día los científicos y sus logros se han convertido, a su vez, en embajadores de sus países, en generadores de marca y fuentes de recursos.

Relación entre ciencia y política exterior

     En el Informe sobre la Ciencia de 2010, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) resaltó la rapidez con que el mundo está adoptando estrategias de crecimiento económico y de desarrollo sustentable basadas en el uso de la ciencia, la tecnología y la innovación (Cruz, 2014). Este informe recalca el comportamiento que adoptan los países en su forma de proyectarse ante el mundo; cada vez son más países los que se unen a este auge tecnológico a través de políticas e inversión dentro del marco científico; de igual forma, buscan establecer puentes con otros países con el fin de lograr objetivos en común, aumentar la competitividad y darle prestigio a su “marca país» como Estados inteligentes y emprendedores. La ciencia como herramienta de la diplomacia se instaura dentro de un escenario donde los países optan por reestructurar sus instituciones diplomáticas con el fin de incluir personal especializado en áreas específicas, que impulsen el crecimiento en el campo científico mediante relaciones bilaterales y multilaterales.

    El Dr. Turekian según (Cruz, 2014) expone en sus informes, la definición de la diplomacia científica como una correlación de tres pilares fundamentales:

Primero, la «ciencia en la diplomacia», el autor describe a la ciencia como un elemento de gran importancia dentro de la diplomacia, gracias a la capacidad que tiene la ciencia de aportar datos concretos y comprobables que pueden ser utilizados por los actores delegados para generar políticas exteriores. Establece como ejemplo: “la intervención de los datos científicos y de los especialistas durante la etapa de pre-negociaciones de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 15)”, remarcando la prescindibilidad de actores en materia científica y tecnológica, quebrando de esta manera, concepciones tradicionales en las cuales se considera a los diplomáticos de carrera como actores únicos y fundamentales dentro del marco de las negociaciones.

Segundo, la «ciencia para la diplomacia», es el uso de la ciencia como estrategia de Soft Power para lograr establecer nuevos lazos y direccionar los diálogos de comunicación entre países. Un ejemplo tradicional es el papel que tuvo “la Organización Europea para la Investigación Nuclear, mejor conocida por sus siglas CERN, establecida después de la Segunda Guerra Mundial por un grupo de científicos europeos que vieron una oportunidad de crear un laboratorio internacional que, al mismo tiempo, uniera a los países europeos en un diálogo continuo por medio de la ciencia” (Cruz, 2014).

Tercero, la «diplomacia para la ciencia», donde se resalta el espacio que generan las instituciones del Estado para el desarrollo y avance de nuevas investigaciones en materia de tecnología e innovación, logrando así incentivar la participación y búsqueda de excelencia por parte de los actores, lo que constituye un avance dentro del campo, haciendo competitivo al país dentro del mercado científico. En 2015, se crea un Grupo Asesor con representantes de los sectores interesados en la Diplomacia Científica por parte de la secretaría de Estado de Cooperación Internacional y para Iberoamérica, del ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación; y, la secretaría de Estado del Ministerio de Economía y Competitividad, en España (Gobierno de España, 2016).

¿Cooperación o relaciones de poder?

Y si aún lo mencionado anteriormente no se considera motivo suficiente para estudiar esta nueva era de diplomacia científica, entonces hablemos de un tema que nos atañe en primera persona, tal como lo es la expansión de virus mortales convertidos en pandemias. La importancia de la cooperación internacional entre laboratorios y Estados con el fin de conseguir la vacuna o cura lo más pronto posible, ha hecho que distintos gobiernos pongan sobre la mesa una gran cantidad de recursos con el fin de obtener ellos los derechos sobre las vacunas indicando que es un asunto de seguridad nacional. Actualmente Europa, China y Estados Unidos se han enfocado en la búsqueda de la vacuna para el COVID-19. Por su parte Estados Unidos y Alemania se disputan por los derechos de una posible vacuna proveniente de una farmacéutica alemana registrada como  CureVac, la cual se presenta como una empresa especializada en el «desarrollo de terapias contra el cáncer, terapias a base de anticuerpos, tratamiento de enfermedades raras y vacunas profilácticas”  opera junto con el instituto Paul Ehrlich de vacunas y biomedicina para lograr el desarrollo de una posible vacuna contra el coronavirus y en el proceso se encuentra en negociaciones con el gobierno de USA quienes negocian un financiamiento con la condición de que toda la investigación sea desarrollada dentro del país. El gobierno alemán, por otro lado, les ofrece una cantidad de recursos financieros para asegurarse de que la vacuna se desarrolle también en Alemania y en Europa, asegurando también que la investigación se quede en Alemania (Economía Digital, 2020).

En este sentido el New York Times reseña que “China tiene a 1000 científicos trabajando en una vacuna, y los primeros resultados ya son de origen militar: los investigadores de la Academia Militar de Ciencias Médicas de China han desarrollado la fórmula considerada con más posibilidades de éxito en el país, y ya están reclutando voluntarios para las pruebas en humano” lo que empezó como un reto para la comunidad científica se ha convertido en un asunto de seguridad nacional y desde una perspectiva geopolítica y económica, podría ser parte de una estrategia dentro de la disputa por el liderazgo global y tecnológico, el país que lo consiga primero, a su vez está asegurando la aplicación y uso en grandes cantidades a su propia población antes que al resto del mundo, lo que conllevaría a un control en el sector salud y reactivación de los sectores económicos, en la búsqueda de aminorar las consecuencias negativas que ha ocasionado la propagación del virus, un logro político para el resto del mundo (Sanger et al., 2020).  Es así como la línea entre cooperación y relaciones de poder se hace completamente difusa y requiere un análisis meticuloso sobre los acuerdos y negociaciones que se hacen en el proceso, para entender cuáles son los verdaderos intereses, ya sean científicos o políticos, sea cual sea el resultado, el mismo no podría ser posible sin la relación inminente entre estados y el sector científico y tecnológico.

Reflexiones Finales

Por último, se hace propicio abrir las mesas de debates sobre el impacto que ha causado el reconocimiento de la ciencia como recurso indispensable de la Diplomacia, debido a que el lugar que esta ocupa en las agendas políticas es cada vez más amplia; al igual que la inversión destinada a la obtención de recursos y avances en las investigaciones es cada vez más alta. Del mismo modo, es menester analizar el uso efectivo de los recursos disponibles en el área a nivel mundial y añadir la diplomacia científica como uno de los tópicos a analizar en el momento en que se estudien fenómenos sociales y políticos, tanto nacionales como internacionales.

En este sentido es importante reconocer las políticas que implementan los Estados para hacer uso de esta disciplina con el fin de impulsar su marca país y los sectores de investigación en los que invierten, así como también las decisiones tomadas por los Ministerios de Asuntos Exteriores en el proceso de posicionarse dentro de un marco mundial que apuesta cada vez más al acelerado desarrollo y crecimiento de la ciencia, la tecnología e innovación. Asimismo, es importante destacar la poca bibliografía disponible en otros idiomas distintos al inglés, esto se debe a que el reconocimiento de la diplomacia científica como disciplina tuvo sus inicios y mayor impacto en países de habla inglesa, no obstante, es importante promover el debate de este tema en nuestra región, cuestionarnos prácticas, toma de decisiones e impactos de este nuevo recurso en las políticas de los países regionales.

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Angelina Arellano
Venezolana en Argentina. Estudiante del segundo año de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Martín (UNSAM). Miembro investigadora de CEINASEG. Miembro de la Red Juvenil de CEERI.