El mundo ha cambiado en los cien años que nos separan del tratado de Versalles. El espíritu imperialista que caracterizó a las potencias europeas en sus enfrentamientos bélicos abiertos luego del verano de 1914 no existe bajo las mismas formas en la actualidad. Dos guerras mundiales han tenido lugar; los totalitarismos nacieron, y al menos la mayoría, también fenecieron; muros que se construyeron como una estrategia para dividir se convirtieron en espacios de encuentro para superar las viejas heridas. La humanidad ha sangrado y llorado por las guerras. Y cuando creíamos que habíamos aprendido que la paz duradera solo el posible mediante el respeto, la negociación y la promoción de valores liberales y democráticos, el mundo parece decirnos que las grandes lecciones del pasado no fueron tan significativas como creíamos y que la paz es más frágil de lo que parecía ser hace 20 años atrás. Es en este momento cuando debemos recurrir al pasado para entender qué nos pasó, cómo llegamos hasta acá, pero también, cómo resolvimos los problemas anteriormente, incluso para que nos sirvan como modelos, pero en el sentido contrario, es decir, para aprender qué cosas no debemos hacer. Y tanto para bien como para mal, el tratado de Versalles es una de las grandes lecciones que nos ha dejado la Historia.

Cuando la comisión alemana firmó el acuerdo de paz que oficialmente ponía fin a los combates, probablemente no se imaginó que las fuerzas que habían impulsado los enfrentamientos cinco años atrás, en alguna medida, estaban muy lejos de extinguirse. Hacía tan solo 48 años, cosa que en términos históricos es un periodo breve, esos mismos alemanes, reunidos en el aquel recinto para ellos inolvidable: el nicho del Absolutismo europeo por antonomasia, el Palacio de Versalles, proclamaban por todo lo alto la creación del II Reich después de una guerra expedita contra los franceses. Cuatro décadas después, en medio de la devastación producida por el uso de armas de última generación y el agotamiento crónico de los bloques de alianzas enfrentados sin cuartel tanto en Europa como en el resto del mundo, los representantes diplomáticos teutones accedieron a firmar un acuerdo que pretendió poner fin a sus sueños imperialistas y someterlos a condiciones económicas y militares adversas para la continuidad del Estado. Ese fue el tratado de Versalles.

Firmado el 28 de junio de 1919, hace exactamente cien años, el tratado de Versalles nos lleva a hacer una revisión de la importancia de las negociaciones que garanticen una paz duradera entre Estados beligerantes, y aquí debemos detenernos en el caso de alemán, especialmente por las condiciones que marcaron su rendición y las diferencias presentadas en el acuerdo definitivo. Luego de 1870, nadie podía negar que uno de los grandes poderes hegemónicos de Europa, el II Reich de los káiseres Hohenzollern, era una potencia imperialista cuya política se había caracterizado por la ambición de imponer su hegemonía en Europa. A finales de la guerra, el una vez dominador pasó a ser dominado, en este caso, por las potencias de la Entente que solo en un lustro revirtieron la avasallante marcha de Alemania y sus aliados.

Había terminado la que se conoce como «La Gran Guerra«, un conflicto cuyo radio de acción trascendió las fronteras de Europa y se hizo sentir en todos los rincones del mundo; uno mucho más violento que sus antecesores, que si bien también fueron de carácter mundial, el que nos compete los superó por el desarrollo tecnológico, el esfuerzo militar, el número de bajas (se calcula que su número estuvo cercano a los 10 millones de personas), los variopintos participantes y los grandes cambios que se hicieron sentir luego de su culminación. Ningún europeo que haya vivido en carne propia los embates de la guerra podía cuestionar su ferocidad. Para muchos de ellos, los traumas vividos a lo largo de los años de conflictos, bien en las trincheras, trabajando en las fábricas para suplir la demanda del frente, intentando sobrevivir en medio de las hambrunas y los bombardeos constantes que azotaron regiones enteras, al final dejaron profundas cicatrices que no solo se hicieron sentir en la colectividad sino también en el liderazgo político.

Por un lado, las condiciones a las cuales fue sometida Europa, el escenario fundamental de los enfrentamientos, llevó a los dirigentes a considerar la necesidad de sentar las bases para crear un «mundo nuevo» en donde hubiera respeto por la moral, los derechos del hombre y la defensa de la paz, así como la promoción de mecanismos de negociación y el desarme con el compromiso de evitar un nuevo enfrentamiento bélico. Estas tesis fueron impulsadas por el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, con el objetivo de crear las nuevas directrices que debían regir las negociaciones de paz y en general, la política internacional en la postguerra. Luego de concretado el armisticio e iniciadas las conversaciones de paz, el nuevo orden mundial implicaba, entre sus principales elementos, el respeto por las nacionalidades y su autodeterminación en detrimento de los imperios, que además de antiguos habían sido derrotados por las potencias de la Entente. El Imperio turco-otomano, Austria-Hungría y el II Reich debían dar paso a la conformación de nuevos Estados definidos por las diversas nacionalidades que existían en la Europa del este, la cuales no habían podido concretar su aspiración de ser independientes de los grandes centros de poder. De la misma manera debían respetarse las antiguas fronteras, referencia clara a la conquista de Alsacia y Lorena por parte de Alemania en 1871, y crearse organismos para poder dirimir querellas, como lo fue la Sociedad de Naciones, cuyo propósito era abandonar el uso de la guerra como un mecanismo para lograr ciertos objetivos geopolíticos, principio que sonaba muy bien en el papel, pero fue muy complejo de aplicar.

Luego de la derrota bélica, específicamente en el verano de 1919, las negociaciones entre las potencias vencedoras de la Entente y Alemania habían permitido la firma de un acuerdo que no estaba en completa consonancia con las condiciones mínimas acordadas en Compiègne en noviembre de 1918, momento en el que se firmó el armisticio. El espíritu de los 14 puntos de Wilson se hizo presente, pero estuvo supeditado a los intereses de los otros Estados que resultaron victoriosos, como es el caso de Francia, la cual, representada por el político Georges Clemenceau, buscó imponer una agenda que pudiera ser considerada como revanchista, cuyo propósito era imponer a Alemania condiciones políticas, económicas y militares que demostraran la magnitud de su derrota y que al mismo tiempo le garantizaran a Francia, por una parte, ciertos beneficios económicos que compensaban, con creces, el deterioro material debido a las luchas en suelo galo, y por otra, la recuperación de, tanto los territorios que había perdido luego de 1870, como de la influencia diplomática que la había mantenido aislada por un plazo de 20 años.

Es así como, despojada de Alsacia, Lorena, Eupen, Malmedy y parte de las fronteras orientales para dar paso a la creación de Polonia, junto con el Sarre bajo administración de la Sociedad de Naciones, Alemania afrontará años difíciles debido a la crisis económica derivada del monto por concepto de reparaciones de guerra que tuvo que ser cancelado a Francia, un aproximado de 450.000 millones de dólares actuales, además de la crisis social derivada de la falta de ofertas de trabajo por la recesión económica, la inflación y las incursiones francesas en el Ruhr, condiciones a las cuales se les debe añadir un ejército diezmado, con solo 100.000 soldados y con prohibición de desarrollo y uso de armamentos de alto calibre. Es en este contexto en donde comienza a desarrollarse entre los alemanes la idea que el tratado de Versalles había sido un instrumento contrario a su pueblo, un sabotaje orquestado por los representantes de la Socialdemocracia, el partido que había llenado el vacío político luego de la salida del gobierno del Reich, que además tenía entre sus políticos a personas de religión judía, asociados con los miembros de la Entente, los enemigos históricos del pueblo alemán. De la misma manera, comenzó a hacerse evidente la idea que Alemania había firmado la rendición sin haber perdido contundentemente en el campo de batalla, todo esto debido a las negociaciones impulsadas por el Estado Mayor alemán a mediados de 1918, que eran ajenas, en alguna medida, a la colectividad. Es así como comenzó a crearse la Dolchtosslegende (la leyenda de la puñalada por la espalda), una suerte de mito popular que defendía la idea que Alemania había sido traicionada por elementos presentes en la propia sociedad alemana, lo cual, en ninguna medida tenía relación con el poderío militar teutón. En pocas palabras, los alemanes dormían con el enemigo, una tesis que fue cobrando fuerza con el paso del tiempo y se convierte en una arista más para comprender el triunfo del Nacional Socialismo en la década de 1930 y su agenda en contra del pueblo judío.

El tratado de Versalles es la prueba de lo que una paz incompleta puede hacerle a un pueblo o a una región, bien sea porque los vencedores no estaban completamente comprometidos con sus propias ideas y proyectos (como sucedió con Estados Unidos y su no incorporación a la Sociedad de Naciones por la negativa del Congreso de ese país), o porque los Estados beligerantes, en plenas negociaciones de paz, no comprendieron que la vía para lograr la superación de las querellas no es la firma de un papel sino un compromiso real por dejar las contradicciones en el pasado e iniciar de nuevo. No siempre ha sido sencillo y no todos los pueblos lo han resuelto de la mejor manera posible, pero en el caso del tratado de Versalles el aprendizaje está al alcance de nuestra mano: el compromiso por la paz debe ser real si queremos vivir en un mundo estable y democrático, sirviendo ésta no solo a los vencedores sino también a los vencidos, en aras de impulsar transiciones completas y superar las querellas iniciales. En Alemania la transición fue superficial y no correspondió a las condiciones de base de la sociedad del país. De la misma manera, la crisis económica durante las décadas de 1920 y 1930 fue el elemento catalizador del descontento estructural presente en la sociedad.

Las potencias de la Entente, por su parte, no mantuvieron objetivos de cooperación conjuntos en aras de mantener la paz, bien por una agenda a favor del revanchismo nacional, como Francia, o como pasó luego de 1929, se concentraron en asuntos políticos y económicos de interés nacional más que regional. En buena medida, las bases para el conflicto bélico sucesivo estaban ya sentadas: en Alemania, el modelo totalitario sería la alternativa para recobrar el poderío perdido por la injusta paz de Versalles, y con un Reichstag en llamas y el Führer Hitler en el poder, se baja el telón.

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Esther Mobilia
Licenciada en Educación, mención Ciencias Sociales y Magíster en Historia de las Américas por la Universidad Católica Andrés Bello. Profesora de Historia de las Relaciones Internacionales de la Escuela de Estudios Internacionales de la UCV.