Pareciera un tema recurrente hablar de la desglobalización en el marco de crisis complejas. Fue materia de discusión durante la crisis financiera del 2008 y, en estos momentos, se encuentra en pleno debate; pero. además, es objeto de celebración por los radicales en sus diferentes manifestaciones. Para unos, ya que supone el anhelado final del capitalismo; para otros, debido a que fortalece las fronteras nacionales, la exclusión y la xenofobia.

Lo paradójico es que los críticos celebran y exacerban sus posiciones, utilizando los avances e instrumentos que ofrece la globalización, se aprovechan de ella, la fortalecen con sus acciones; empero, la cuestionan con sus falsos discursos y poco o nada hacen para superar sus inequidades. Los críticos, en sus diversas expresiones, están utilizando las tecnologías, los instrumentos electrónicos, las redes sociales, las plataformas que nos conectan de forma inmediata y planetaria; es decir, están utilizando las herramientas que generan y consolidan la globalización

En otro extremo, tenemos a los que consideran que, al superar lo más duro de la pandemia, en particular las cuarentenas, todo continuará como venía funcionando y aquí no ha pasado nada. Resulta miope e insensible desconocer el descontento social que está generado la dinámica global, en particular, en los sectores más vulnerables de todos los países, lo que estimula desasosiego y crítica.

El discurso anti globalización alimenta diversos movimientos sociales y políticos a lo largo y ancho del planeta; sus expresiones son muy diversas, pero en general asumen banderas como: el nacionalismo y el populismo. En los países democráticos se hace más evidente el descontento social y se expresa en el plano electoral, con la votación masiva respaldando los discursos radicales. Luego, al asumir el gobierno, se puede observar resultados no tan favorables. Se cultiva la polarización y el odio para asumir el poder, luego el libreto contempla empobrecer y destruir  la institucionalidad democrática, para perpetuarse en el poder.

Resulta exagerado, e incluso pudiera ser ideológico, asumir que con la pandemia se desglobaliza el mundo; por el contrario, lo que observamos es que se está fortaleciendo la digitalización y la interconexión de la mayoría de elementos que conforman la dinámica social y la cotidianidad. La educación y la salud están ingresando duramente en las corrientes digitales y electrónicas en todos sus niveles; incluso para niños de preescolar. Todo este proceso fortalece la llamada IV Revolución Industrial o el internet de las cosas; en consecuencia, los críticos radicales no tienen nada que celebrar.

Ahora bien, no podemos desconocer que, en el contexto de la pandemia, el cuestionamiento que se estaba cultivando contra la globalización, se exacerba. Pareciera que covid-19 hace evidente las vulnerabilidades que puede genera el mundo interconectado, en particular en los procesos productivos fragmentados geográficamente, definidos como cadenas globales de valor; o la alta dependencia de algunos países del mercado mundial, en sectores estratégicos como la salud o la alimentación.

Se puede apreciar como el mundo globalizado se consolida con la pandemia; empero, pareciera que no todo continuará igual. En la dinámica social varios aspectos seguramente cambiaran, más aún, si el virus llegó para quedarse, y la experiencia nos indica que el mundo convive, entre otros, con el paludismo o el VIH; obviamente, tomando las medidas de protección que corresponden.

En el plano económico y, particularmente productivo, pareciera que algunos gobiernos están decididos a revisar los esquemas de funcionamiento de las cadenas globales de valor, no para eliminarlas, básicamente para revisar el papel que juega China como fabrica del mundo, en muchos sectores y productos. Conviene recordar que, el enorme desarrollo económico alcanzado por China en las últimas décadas, en gran medida está vinculado con la conformación de cadenas globales de valor.

Conviene precisar que para superar el modelo de economía concentrada en bines de bajo nivel de transformación, China, al abrirse al mercado mundial, eso que se ha llamado capitalismo comunista, fue estimulando la conformación de procesos de agregación de valor, utilizando insumos que en su gran mayoría proviene de otros países del Asia, en particular, de los diez miembros del grupo ASEAN, con los que firmó un acuerdo de libre comercio, que entro en vigencia en el año 2010.

Estos productos, con mayor valor agregado, ensamblados en la fábrica China, luego se exportan fundamentalmente a occidente, en particular, a los Estados Unidos y la Unión Europea. Con el tiempo, inteligentemente China se fue expandiendo a escala mundial, ha incrementado sus inversiones y compra de activos por el mundo y se está insertando en cadenas de valor de mayor nivel tecnológico.

En estos momentos países como Estados Unidos, Japón, Australia y varios miembros de la Unión Europea están evaluando las vulnerabilidades que les genera el enorme poder que ha logrado China en la economía mundial, en particular en sectores estratégicos, con una política de expansión muy hábil y de bajo perfil.

La pandemia está generando cambios en el contexto geopolítico mundial y uno de esos tiene que ver con la posible revisión del papel de China en la dinámica global. El objetivo de varios gobiernos es reducir el nivel de vulnerabilidad frente al gigante asiático. Este proceso de reingeniería puede estimular la conformación de nuevas cadenas de valor más limitadas, de carácter regional y, en nuestro hemisferio, estos cambios pueden generar potenciales oportunidades para las economías más competitivas de la región y nuevos retos para la integración económica.

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Felix Arellano
Doctor en Ciencias políticas, Licenciado en Estudios Internacionales y Especialista en Derecho y Política Internacionales por la Universidad Central de Venezuela. Posee estudios sobre transacciones Económicas Internacionales de la Universidad George Mason, Estados Unidos. Actualmente es Profesor de pregrado y postgrado. Ex-director de la Escuela de Estudios Internacionales UCV.