La geopolítica del cristal roto
El orden internacional de los bloques tal y como lo conocemos parece estar llegando a su fin. La progresiva erosión del multilateralismo, el cuestionamiento de las instituciones internacionales y el retorno de una competencia geopolítica feroz, entre otros factores, apuntan, precisamente, al socavamiento de esa lógica. No obstante, también denota otra cosa: el auge de un nuevo régimen, uno cimentado en los pilares del realismo político, pero cuya complejidad e impredecibilidad superan a la de sus precedentes históricos.
Como es bien sabido, durante la Guerra Fría, la rivalidad entre las dos potencias dominantes de aquel entonces, Estados Unidos y la Unión Soviética, articuló un sistema internacional bipolar que giraba en torno a la confrontación entre sus respectivos modelos: el capitalista y el comunista. Nacía así el Telón de Acero, una frontera que había dejado de ser imaginaria gracias a barreras físicas como el muro de Berlín, y que prolongaba la filosofía de bloques que llevaba rigiendo la política internacional desde la primera mitad del siglo XX. Cambiaba el envoltorio, pero no el contenido.
La historia da buena cuenta de ello. Durante la Primera Guerra Mundial se configuraron dos grandes bandos enfrentados. Por un lado, la Triple Entente, integrada inicialmente por Francia, Reino Unido y Rusia, a la que se sumarían posteriormente Estados Unidos, Japón, Italia y otras naciones, estableciéndose bajo la denominación de Aliados. Por otro, las Potencias Centrales, encabezadas por Alemania y Austria-Hungría, a las que se incorporaron, con el transcurso del conflicto, el Imperio otomano y Bulgaria.
Lo mismo sucedió con la II Guerra Mundial, en la que la contienda volvió a vincular a dos grandes coaliciones. En primer lugar, las Potencias Aliadas, que repitieron gran parte del plantel de su antecesora, con la destacable incorporación de China a la disputa. En segundo, las del Eje, integradas fundamentalmente por Alemania, Italia y Japón.
La Guerra Fría representaría, por ende, la sublimación de este modelo al materializar la bipolaridad a nivel estructural. En consecuencia, puede verse una continuidad histórica en la tendencia a organizar la competencia internacional en torno a grandes potencias, aunque sus manifestaciones hayan cambiado.
Ahora bien, tras la disolución de la Unión Soviética, y pese a la transformación de la configuración internacional hacia un orden sustentado por los principios económicos y políticos del liberalismo, la lógica de bloques no desapareció, sino que adquirió una nueva dimensión. Así, aun imponiéndose una realidad en la que los organismos internacionales, la cooperación multilateral y la interdependencia económica asumían un protagonismo cada vez mayor, la estructura del sistema internacional seguía respondiendo en gran medida a la existencia de dos espacios políticos bien diferenciados: el occidental y el que podríamos denominar revisionista.
En el contexto del primero destaca muy especialmente la construcción de la Unión Europea. No es para menos, puesto que se trata de la culminación de un proceso de integración destinado a superar las rivalidades históricas europeas para prevenir nuevos enfrentamientos a gran escala. Su conformación, formalizada en 1993 con el Tratado de Maastricht e impulsada por los EE. UU. previamente con iniciativas como el Plan Marshall, representó, por tanto, la consolidación del proyecto a través de instituciones compartidas, cooperación económica y valores políticos comunes.
Esta mentalidad liberal, además, encontraría a su mejor respaldo teórico en el politólogo estadounidense Francis Fukuyama. Sus tesis sobre el «fin de la historia» planteaban que la desaparición del comunismo podía interpretarse como el punto álgido de la evolución ideológica de la humanidad. Y es que el autor sostenía que la democracia liberal había demostrado ser el modelo político con mayor capacidad de legitimación y proyección universal. En otras palabras: la competencia entre grandes ideologías había encontrado un desenlace. De ahí, el «fin» que da nombre al supuesto fenómeno.
Pero esa mayor cooperación internacional no implicó que las divisiones geopolíticas desaparecieran. Más bien, quedaron disimuladas bajo la hegemonía de este aparentemente nuevo orden universal, que tenía como piedra angular a los Estados Unidos.
Aquí es donde entra en juego el previamente mencionado espacio revisionista, porque ya entonces persistían Estados y proyectos de poder que, por distintas razones, ya fueran históricas, ideológicas o estratégicas, cuestionaban aquel modelo y sus pretensiones de universalidad. La incorporación de China al sistema económico global y sus consecuencias, así como las crecientes aspiraciones expansionistas rusas, fueron dos de los muchos síntomas que revelaban que esa visión de la sociedad internacional no era más que eso, una visión, un espejismo.
Así que, frente al espacio occidental, empezaba a configurarse un conjunto muy heterogéneo de naciones, encabezado por las mentadas China y Rusia, a las que se les aproximarían países como Irán, Corea del Norte o Bielorrusia. Todos desde posiciones e intereses particulares, por lo que las alianzas no se sustentarían en, por ejemplo, una ideología común, como sucedía durante la Guerra Fría. Esto daba como resultado una convergencia estratégica articulada, en buena medida, en torno al cuestionamiento de la primacía estadounidense y a la reivindicación de un orden internacional multipolar, pero sin perder de vista sus propios objetivos. Dicho de otra forma: «por el interés te quiero, Andrés».
Las nuevas divisiones geopolíticas resultaban, por lo tanto, en un nuevo tipo de bipolaridad. Uno no tan rígido, con la división entre dos superpotencias muy diluida y sin una correspondencia exacta entre alianzas militares, modelos económicos y/o afinidades ideológicas. En este sentido, la globalización fue un catalizador, impulsando la interdependencia comercial y facilitando el desarrollo de nuevas potencias, multiplicando los vínculos y dependencias entre Estados, haciendo cada vez más difícil delimitar las fronteras entre ambos bloques. La confrontación persistía, pero sus instrumentos, sus actores y sus escenarios se habían diversificado.
Es en este escenario donde, precisamente, el realismo político recupera su centralidad. El gradual desgaste del orden liberal, el cuestionamiento de las instituciones supranacionales y el retorno de la política de poder a la primera línea, evidencian que la cooperación internacional no ha eliminado las rivalidades entre Estados, sino que ha convivido con ellas. Sin embargo, a diferencia de sus precedentes, la competencia contemporánea se desarrolla en un contexto de interdependencia global, fragmentación económica y aceleración tecnológica que dificulta enormemente anticipar sus consecuencias.
Las manifestaciones de esa transformación son cada vez más evidentes. La invasión de Ucrania en 2022, precedida por la de la península de Crimea en 2014, constituye, probablemente, uno de los exponentes más significativos: el empleo de la fuerza militar para alterar el statu quo y la seguridad europea ha devuelto al Viejo Continente a una mentalidad confrontativa que parecía superada. La respuesta occidental, por su parte, no ha sido menor. El rearme europeo, el aumento de los compromisos presupuestarios de la OTAN, y la búsqueda de una mayor autonomía estratégica, confirman que la seguridad nacional vuelve a ocupar un lugar prioritario en las agendas gubernamentales.
Algo similar sucede con el Indo-Pacífico, donde la rivalidad entre EE. UU. y China trasciende ampliamente lo meramente comercial. Las tensiones con Taiwán, la militarización de determinados espacios marítimos y la creciente competencia por la influencia regional evidencian que el equilibrio de poder continúa siendo un elemento determinante de las relaciones internacionales. A ello se le añade una pugna tecnológica cada vez más intensa, especialmente en sectores como la IA, en los que Washington y Pekín compiten por preservar o alcanzar posiciones de ventaja estratégica.
Pero quizá uno de los aspectos más interesantes de esta nueva realidad sea el uso de la economía como instrumento de poder. No es algo nuevo, por supuesto, pero las restricciones de Trump a la exportación de tecnologías avanzadas a China, así como los controles impuestos por Xi Jinping a materiales estratégicos muy concretos, como las tierras raras, ilustran la manera en la que las interdependencias comerciales pueden convertirse en herramientas de presión geopolítica. El mercado deja así de responder exclusivamente a criterios de eficiencia económica para quedar subordinado, cada vez más, a consideraciones de seguridad nacional y autonomía estratégica.
No obstante, la fragmentación no afecta únicamente a las relaciones entre Occidente y sus competidores, sino que también atraviesa al propio espacio occidental, como atestigua la actual relación transatlántica. Para muestra, un botón: Washington parece haber iniciado un reajuste de sus prioridades estratégicas, desplazando su atención hacia el Indo-Pacífico. Mientras, no duda en reclamar a sus socios europeos que asuman la responsabilidad de su propia defensa, como bien deja claro y por escrito la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos.
Esta novedosa orientación, con todo lo que implica para la UE, introduce un clima de considerable incertidumbre en una alianza que, durante décadas, ha sido el principal punto de apoyo del orden liberal internacional. Como cabría esperar, Europa ha respondido mediante el comentado rearme, además de con un fortalecimiento de sus propias capacidades industriales, y la búsqueda de la tan ansiada independencia estratégica.
No se trata de una ruptura completa del vínculo atlántico, al menos por ahora, pero sí que denota una paulatina divergencia de prioridades e intereses que obliga a ambas partes a reconsiderar los términos de su relación. Paradójicamente, incluso aquellos actores que históricamente habían sostenido el mismo orden internacional parecen comenzar a prepararse para un escenario en el que ya no puedan dar por sentada su mutua lealtad.
El resultado de todo esto es un orden internacional que parece resquebrajarse sin que exista una alternativa plenamente consolidada… ¿o es esta la alternativa? En cualquier caso, los fragmentos del sistema anterior permanecen, pero ya no encajan entre sí; las antiguas certezas se desvanecen y las nuevas reglas están por concretarse. Es, en definitiva, la geopolítica del cristal roto.
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